14 enero, 2021

Según "El sacrificio de Isaac" de Caravaggio, de Rachel Cusk





El número de La revista Granta de 2003  dedicado a Los mejores novelistas jóvenes Británicos es un compendio de cuentos de escritores en lengua inglesa. Es el caso de  Rachel Cusk (Canadá. 1967) autora hasta 2003 de cuatro  novelas y merecedora de dos premios.
                      
Según El sacrificio de Isaac de Caravaggio es una buena presentación para  una escritora que desde las resonancias del  título bíblico sabe despertar  ecos  inesperados  utilizando con  precisión y sutileza  pensamiento y emoción  para  construir un relato extraordinario. 

 
Según "El sacrificio de Isaac" de Caravaggio

Caravaggio, El sacrificio de Isaac, h1601, ól/lz,104 x 135 cm. Uffizi, Florencia
              


Una de las cosas propias de tener hijos es esa sensación que te producen, es decir, que lo saben todo de ti. Es como si vinieran de dentro de ti y allí dentro lo hubieran mirado todo con gran detenimiento. Mi hijo Ian me produce esa sensación. A menudo lo sorprendo mirándome cuando estoy de espaldas, como si estuviera leyendo algo de contenido privado, íntimo incluso. Entonces me da por pensar que lo sabe, que lo ha descubierto, aun cuando llegado el caso yo no tengo nada que ocultar. ¿Es que tengo monos en la cara?, le digo, o algo así, y cuando se ríe compruebo que aun no es más que un niño y yo un hombre hecho y derecho, aun cuando un minuto antes ese detalle no estaba nada claro. Parecerá que tiene gracia, pero es fácil olvidarse de lo mucho que de uno dependen los propios hijos. Para ellos es importante que no pierda uno autoridad. Cuando pasamos una mala racha, mi mujer me dijo que un buen día él me lo iba a agradecer, y más en esos momentos extraños que tanto parecen acercarse a la verdad, sólo que yo no alcanzo a creerme que tal vez tenga toda la razón. Cuando Ian era un bebé lo operamos de fimosis. A mi mujer le pareció más higiénico. A mí no me gustó la idea, pero Sally me aseguró: no se acordará, los niños pequeños no se acuerdan de las cosas. Ella es así: no deja que esas cosas la inquieten.

Sueño a veces con Ian, no el mismo sueño, sino sueños distintos, aunque vienen a ser bastantes similares. Por ejemplo, estamos los dos subiéndonos a un tren y yo lo coloco con todas nuestras maletas y entonces me bajo, porque tengo que comprar un periódico o algo así, y acto seguido descubro que el tren se ha puesto en marcha y me he quedado en el andén  y Ian me mira por la ventana según se aleja. Si no, tengo un sueño entero sobre otra cosa completamente distinta, y entonces me doy cuenta de que en todo momento estaba soñando, y que en realidad debía estar cuidando de él, cuando resulta que no sé dónde está. Mi madre se olvidó de mí una vez en un autobús cuando yo apenas sabía gatear. Éramos tantos hermanos que siempre se olvidaba de alguno. Recorrí Londres de punta a punta, en el 73, llorando a moco tendido. Y te parecerá que te quería abandonar, ¿no?, me dijo después. Pero no te ha pasado nada ¿eh? Igualita que Sally, la verdad. Siempre he intentado tratar a Ian de forma diferente, pero a veces me pregunto  si no fue eso lo que de entrada sirvió para que todo se torciera, y me da por pensar que si hubiera sido como Sally o como mi madre nada de lo ocurrido habría llegado a suceder. Lo que intento decir es que querer a Ian me llevó a esperar más de la vida. Me hizo pensar que había cosas mejores, y que había que conseguirlas.

Nada más nacer él comencé a mirar cuadros. Después de lo que sufrió en el parto, Sally era incapaz de soportarlo cerca de ella. Su llanto la hacía enloquecer; aunque estuviera en la última punta de la casa, lo oía llorar y se volvía loca. Yo no sabía qué pensar, aquello era totalmente impropio de ella. Al final, tuve que pedir la baja en el trabajo sin derecho a paga. Me lo llevaba a la calle y echaba a nadar con él por todo Londres, y así fue como entré por primera vez en una galería de arte. Iba a pasar de largo cuando me fijé en un gran cartel que anunciaba una exposición, y la imagen se me quedó prendida. Era una imagen en la que una mujer sostenía un bebé. No tenía en ese momento ni idea de qué era, pero sólo con mirarla empecé a sentir algo, Sally en casa estando como estaba, así que decidí entrar. Lo que más me sorprendió fue la cantidad de gente que había dentro, a las diez de la mañana de un martes, mirando los cuadros como si tal cosa, cuando deberían haber estado en el trabajo. Al menos eso fue, supuse, lo que debía pensar: ya se sabe, vaya atajo de vagos, qué panda de gorrones con ínfulas de artistas. Pero no fue eso lo que pensé. Empecé a pensarlo, pero no seguí por ese camino. Fue en parte por Ian. Estaba dormido en la sillita, pero el hecho de que estuviera allí era una especie de pasaporte, un puente hacia otro lugar. Me pareció perfecto estar allí con él. Era una exposición de arte renacentista, pero ya digo que no tenía ni idea, de modo que me limité a entrar y echar un vistazo, teniendo en todo momento esa sensación de que existía otra cara de la vida. Podría decirse que fue como un llamamiento. Si me pongo a repasar cómo fue ese día, ahora me doy cuenta de que tal vez estuviera algo confuso. Con Sally tenía los días contados: creo que mentalmente había empezado  a tratar de desgajarnos, a mí y a Ian, de ella. Cuando pensaba en "nosotros", en realidad pensaba en Ian y en mí. Y me preocupaba ese pensamiento , aunque al contemplar los cuadros las imágenes me decían que no me preocupase: me decían que todo estaba en orden. Si no suena demasiado idiota, diría que me mostraban toda su simpatía.

En cualquier caso, ese fue el principio. Conocí a Gerte poco después, cuando me apunté a las clases nocturnas de historia del arte que impartía ella. Para entonces, Ian tenía tres años. Yo estaba un tanto atascado. Me había formado unas cuantas ideas sobre sobre el arte, pero no habían desembocado en nada concreto, al parecer. Aún tenía mi trabajo, aun cuando al volver al tajo después de que Sally se encontrase mejor  ya había decidido que era mejor dejarlo. Desde el primer momento, nada más volver, fui consciente de que no iba a poder soportarlo, sabía que no había cambiado, y todos los días que pasé allí fueron como días en los que me habían puesto unos zapatos dos números menores que el mío, ese calambre, ese pellizco, esa tortura constante que se siente, hasta que llegas a un punto en que ya sólo atinas a pensar en quitártelos cuanto antes. A pesar de todo seguí en el trabajo. Me faltó la valentía para dejarlo. No tenía suficiente confianza en mí mismo, sólo me alimentaba la insatisfacción. Empecé a ver a Gerte para que me diera la confianza suficiente y salir adelante. Una vez me sentí elegido por ella, creí que podría hacer cualquier cosa que me propusiera. Rememoré todo lo que había vivido hasta entonces y me dije: ¿cómo has podido hacer tal y tal cosa, cómo has sido tan normal, tan anodino, tan gris? Me sentí avergonzado, tuve vergüenza de Sally, de nuestra casa y de todo lo que contiene, de nuestros amigos, de las cosas de las que hablábamos. Lo único que no me dio vergüenza fue Ian. Ya digo, él era mi pasaporte. Él era lo que me hacía digno de algo. Cuando Gerte me eligió, en mi interior supe que de alguna manera él era la razón: no porque ella amase al pequeño, que no era el caso, sino porque yo si que lo amaba.

Gerte era alemana. Daba clases de historia del arte en una universidad en Alemania, había viajado a Inglaterra para pasar un año  en un programa de intercambio. Era todo lo contrario de Sally: tenía buena educación, era delicada, hermosa. Tenía una cara propia de uno de los cuadros de los que hablaba, de Giotto, de Bellini. Cada vez que la miraba a la cara me invadía esa sensación, la sensación de que todo saldría bien. Desde el primer momento estuve obsesionado con ella. Lo más gracioso es que nunca tuve la sensación de serle infiel a Sally, ni siquiera cuando de hecho lo fui. Gerte era mejor que Sally: así de simple. Yo estaba aprendiendo cosas sobre el gusto, la belleza, el valor; aprender todas esas cosas justificaba lo que sentía por Gerte. Fue así de sencillo, aunque hubo otras cosas que nada tienen que ver con el gusto, la belleza y el valor. Eso fue lo que no acerté a ver: nunca llegué a verlo, ni siquiera cuando me encontré ante la puerta de casa con las maletas hechas.

Gerte se dirigió a mí al término de la tercera clase. Me miras tantísimo, dijo, que a este paso me vas a desgastar la cara. Lo dijo así y echó a caminar con mucha ligereza, como un fantasma, dejando la puerta meciéndose tras ella sobre sus bisagras. El significado de ese momento, de sus palabras, de su mirada, de la puerta que se mecía, pareció alcanzarme hasta la raíz misma de mi vida. Sentí que toda mi existencia había sido y sería un marco para ese instante, tal como existe un estanque para el guijarro que se arroja, lleno de pulsaciones y de ondas mucho después de que el guijarro haya desaparecido. Me estremecí de la misma manera; noté que una fuerza me atravesaba. Pensé que algo tenía que significar, pero ahora me doy cuenta de que fue un gesto descuidado, al azar, un comentario al desgaire que de algún modo no supe cómo tirar a la papelera de lo pasajero. Gerte aún no había descubierto en mí nada que quisiera de verdad. Yo aún no había despertado en ella el deseo de de conquistar de poseer. Cuando le propuse invitarla a tomar algo, a la semana siguiente, pareció sorprendida. Yo estaba como una brújula enloquecida, febril, hipersensible, vibrando a cada cosa que hiciera o dijera ella, mientras ella parecía sólida, fija, decidida. En el pub me hizo un montón de preguntas, como suele hacer alguien cuando está aburrido. Le conté muchas cosas; al final le hablé de Ian. Me acuerdo de la cara que puso, como si algo hermoso y excepcional, algo muy valioso, acabara de llamarle poderosamente la atención. Lo amas, dijo. Sí, respondí. Más que a nadie en el mundo. Pensé que estaría bien decirle eso justamente a ella, pero me invadió en el pecho una sensación de opresión, como la que se me ponía de niño cuando hacía alguna cosa que sabía  que no estaba nada bien. 

A lo largo de las semanas que siguieron me acostumbré tanto a esa sensación que dejé de percibirla: pasó a ser parte del ambiente, del tiempo que pasaba con Gerte, terminó por ser indiscernible del amor. ¿Por qué no te puedes quedar?, me decía a oscuras, cuando me levantaba de su cama para vestirme. Ya sabes por qué, decía yo. Y ella pronunciaba en un suspiro el nombre de mi hijo y a mí se me desbocaba el corazón. A veces me hablaba de Alemania y de la vida que allí podría llevar con ella, cosa que me hacía muy feliz; me llegué a formar mentalmente una especie de cuento, de modo que durante un tiempo tuve dos vidas, una real, otra posible. Que esas posibilidades se adhirieran a mí me colmaba de asombro y de miedo. Sin ellas me sentía como si me fuera a morir. Cuánto me quieres , me decía, y como yo tenía la certeza de Ian, pero no la suya, pensaba que podría abarcarlo a él en mí mismo, que podría hablar en su nombre tanto como en el mío. Más que a nada en el mundo , le decía.

O él o yo: así me lo dijo al final. Si me amaras, renunciarías a él Entonces si que estaría segura de que me amas. Estaba a punto de volverse a Alemania. Es que no me lo puedo llevar, le dije. Si no lo hicieras, nunca llegaría a saber, me dijo, a quién amas más de los dos. Así es el amor cuando no hay certezas. Sally sabe de certezas. Ella misma llamó al taxi para que me llevase al aeropuerto. Cuando me fui, Ian lloraba; salió corriendo de la casa, se me abrazó a la pierna. Tuve que cogerlo en brazos y llevarlo dentro, sin que parase de chillar. Ve con mamá , le dije, pero no quería, tuve que forzarlo a soltarme, cerrar la puerta delante de él. Ahora cuando me mira de esa manera tan rara, en el fondo siempre pienso que es porque se acuerda de aquella noche. No podría, claro está: tal como fueron las cosas es imposible que notara ninguna diferencia. Recuerdo la cara de Gerte en el aeropuerto, iluminada de contento al verme allí, de modo que no pude entender lo que dijo, tuvo que repetírmelo varias veces seguidas. ahora ya sé lo que me dijo. Ahora puedes volver a casa con tu hijo. Ve, vuelve a casa. Y lo hice. Sally aún estaba en el vestíbulo. Fue entonces cuando dijo que un buen día Ian me lo iba a agradecer. Eres un hombre bueno, Alan, me dijo.

Traducción de Carlos Martínez-Lage    





03 diciembre, 2020

Navidad 2020 con Joseph Brodsky Botticelli y Bach

Sandro Botticelli, Anunciación, 1481 (det.) fresco

 



UNO DE ENERO DE 1965

Los Reyes Magos olvidarán tu dirección.
No habrá estrellas sobre tu cabeza.
Acaso sólo el ronco bramido del viento
entiendas como en otros tiempos.
A tus hombros cansados les quitarás la sombra,
cuando apagues la vela, antes de acostarte,
pues el calendario nos promete 
más días que velas.

¿Qué es esto? ¿Tristeza? Tal vez sea tristeza.
Una canción que te sabes de memoria.
Que se repite. Pues que se repita.
Que se repita desde ahora.
Que suene también a la hora de la muerte,
como gratitud de labios y ojos,
hacia lo que, a veces, nos obliga
a perder la mirada en la lejanía.

Y mirando en silencio al techo,
porque el calcetín, claro, está vacío,
comprenderás que la avaricia sólo es garantía
de que eres demasiado viejo.
De que ya es tarde para creer en milagros.
Y alzando tu mirada al cielo,
sentirás de repente que tú mismo
eres un regalo sincero.

Enero de 1965

Joseph Brodsky, Poemas de Navidad, Visor,2006

18 noviembre, 2020

Francisco Brines Premio Cervantes



El Cervantes 2020 hubiera podido ser -una vez más- para el poeta venezolano  Rafael Cadenas pero finalmente ha sido para el poeta español Francisco Brines.



                                                                
  
[En Florencia en la plaza de SS. Annunziata entre 1419 y 1427 Brunelleschi construyó el Hospital de los Inocentes, el hospicio de la ciudad. Es ya un edificio del Renacimiento: horizontalidad, proporción, armonía, utilización de elementos  clásicos , distanciandose  de la anterior arquitectura gótica...En el pórtico  realiza un ejemplo visual de la  venerada perspectiva al colocar una sucesión de  cubos espaciales utilizando como módulo la separación entre las columnas y cubre los espacios creados con bóvedas vaídas.En  las enjutas de los arcos  los tondos de cerámica en azules y blancos de Luca della Robbia con imágenes de  recién nacidos,como los que acoge la institución.]
                                                                                    

 SS.Annunziata

                                   (Brunelleschi)


El aire de la plaza se entraba por los arcos, y salía con sol, 

y revoloteaba en las columnas, aligerando la escasa ropa de los niños, 

y después se acercaba silencioso a las fuentes, a sus tazas barrocas, para romper los surtidores, 

y dejaba alegría inocente en muchos rostros 

porque los novios, con sus trajes más largos, retrataban allí su día más feliz.

Se sucedían las parejas, los coches, y el sol de agosto era más fuerte,

y desmayaba el aire,

y en las enjutas de los arcos volvían a vestir los niños sus pañales,

y eran más numerosas cada vez.

Un caballero cabalga,feliz en la armonía de la plaza,

portador de palomas.[...]

De Palabras a la oscuridad [1966]



Viaje por el Nilo

                               A Octavio Paz


En el reposo de la luz los ibis
golpean el silencio,
y llevan al oasis la frescura del río.
Son grande flores blancas palpitando en las ramas,
son sus cuerpos las lentas alas puras de la vida.
Surge intacta la belleza del mundo,
eterna como el Tiempo, y Él descansa
en la contemplación ardiente de sí mismo.

Los hombres, en la orilla, hacen sueño la acción:
existen y se borran, son silencio.
Y aparece un muchacho que recoge las redes,
y luego soledad, 
y un hombre ha conciliado la sombra y el descanso,
se adentra en las palmeras un anciano y un asno, van pacientes, van pacientes,
y regresa una pausa,
chilla un ave (y se calla)
hay mujeres lavando, desde siglos,las ropas.
¿Es esto Realidad?Piensan los hombres
las cosas que ahora ven (como si acaso
ya de ellos no lo fueran).
No existe acción: sólo un vuelo de pájaros, y el descender del río.
La vela va en el cielo sin rasgarlo.

Los hombres sólo existen para ser contemplados por la mirada blanca de la luz,
y si mi oscuro y único ojo
ahora les contempla
es también contemplado.
Un sueño está soñando los sueños de los otros.
Y todo al fin será desvanecido.
Y ahora el Nilo, que es espejo de fuego, recuerda aquel sonar del vuelo de los ibis,
y unas voces cercanas e invisibles, han poblado las sombras de la orilla. Y envejezco.

También oigo cantar, en mis sordos oídos, los pájaros de luz que nunca han de nacer.
 
De El otoño de las rosas [1986]

Relacionado:



Francisco Brines, Todos los rostros del pasado, antología poética, Galaxia Gutenberg, 2007

 

05 octubre, 2020

Guilliaume APOLLINAIRE doblemente retratado





Alberto Savinio (Andrea de Chirico) habla de Apollinaire y del retrato que su hermano el pintor  Giorgio de Chirico  hizo en 1913 al poeta y activista de vanguardias en un estilo que fue calificado de metafísico y tan onírico que anunciaba el surrealismo :
"Cuando lo conocí, Apollinaire vivía en 202 del Boulevard Saint-Germain".[...]"Al enrolarse como voluntario en Francia, Apollinaire se mereció por fin ese derecho a la nacionalidad francesa que hasta entonces se le había negado. Combatió primero como suboficial de Artillería, luego como oficial de Infantería. Los galones se los ganó sobre el campo de batalla. Herido en la cabeza, fue internado en el hospital italiano de Auteuil y trepanado por el doctor Palazzoli.Desde su cama del hospital bajo el camauro que tapaba el agujero del cráneo, Apollinaire pensaba en el "profético" retrato que Giorgio de Chirico le había hecho en 1913: ese retrato en que sobre un profundísimo verde el perfil del poeta se recorta en forma de blanco, con el cráneo perforado en el mismísimo punto donde tres años más tarde lo hirió la esquirla de granada."

                                Giorgio de Chirico, Retrato de Apollinaire, 1913, ól/lz, 

En el mismo texto  Savinio  traza otro  retrato- esta vez literario-  de Apollinaire, con  humor y  ligereza casi aéreas que  deja transparentar  admiración y emoción sinceras:

"Apollinaire había nacido en Italia. Le poète assasiné es en parte una autobiografía".[...] 
"De la madre polaca Apollinaire había tomado el apellido Kostrowitzky.Ésta había sido una gran mundana que, al apagarse hasta el último rasgo de su belleza, se enroló en las casas de juego como "ave de reclamo"[...] 
"Era parco en palabras y dejaba morir las frases. Su risa era infantil. A los petulantes los rebatía con una ignorancia inexpugnable. Un fulano le habla de Racine. Apollinaire abre de par en par los ojos, que recuerdan los del búho, y repite :"Racine? Vous avez bien dit Racine?", y mostrando un estupor cada vez mayor pide que le cuente quién es Racine , qué cosas ha hecho. Estaba provisto de una cultura amplísima, variada como las nubes, alejandrina y próxima a lo mistagógico."[...]

Antes ha referido los siete días que pasó en la cárcel el poeta acusado de haber robado la Gioconda del Louvre y cómo esa estancia en la cárcel le inspiró "uno de sus poemas más conmovedores: La Santé."

Y casi terminando Savinio recuerda que  en el otoño de 1918 después de la firma del armisticio Giuseppe Ungaretti regresa a París con un atado de puros que traía  a Apollinaire: "sube de cuatro en cuatro los siete tramos de escalera, la escalerita suplementaria...Era un día tremendamente caluroso" y Apollinaire acababa de morir.

                                  
[Apollinaire fue un precursor. Él utilizó por primera vez el término surrealismo entre otras muchas iniciativas creadoras. Ramón Gómez de la Serna supo valorar lo que el talento de Apollinaire tuvo de carga de profundidad en las transformaciones  culturales  y escribió sobre ello: 
"Es el poeta que menos murió al morir".  porque
"Murió después de haber dado permiso para lo imposible, después de haber aconsejado y escrito sobre la posibilidad de lo arbitrario que quedó desencadenado en el mundo e influyó en todos los destinos del arte contemporáneo. "]

 post relacionados:

Apollinaire y Rousseau
Apollinaire y Marie Laurencin en el taller de Picasso

Albero Savinio. Contad, hombres, vuestra historia, Siruela, 1991

26 julio, 2020

L.D.DOCTOROW /Vivir en Arizona





E.L.Doctorow (Nueva York, 1931-2015) es  otro novelista norteamericano con narraciones cortas  memorables.  
En  "El escritor de la familia",bajo  una sorprendente anécdota familiar,Doctorow desliza fragmentos, imágenes,  datos aparentemente sueltos, que finalmente  revelan al protagonista una biografía inesperada  del padre  muerto.







EL ESCRITOR DE LA FAMILIA


En 1955 murió mi padre y su anciana madre aún vivía en una residencia de la tercera edad. La mujer tenía noventa años y ni siquiera se había enterado de que él estaba enfermo. Temiendo que el disgusto la matase, mis tías le dijeron que se había trasladado a Arizona por su bronquitis. Para la generación inmigrante de mi abuela, Arizona era el equivalente en Estados Unidos a los Alpes, el lugar a donde uno iba por salud o, para ser más exactos, el lugar a donde uno iba si tenía el dinero necesario para ir. Dado que mi padre había fracasado en todos los negocios de su vida, ese fue el aspecto de la noticia en que se centró mi abuela, el hecho de que su hijo por fin había alcanzado cierto éxito. Y fue así como mientras nosotros, en casa, llorábamos su pérdida con una mano delante y otra detrás, mi abuela alardeaba ante sus amistades de la nueva vida de su hijo en el aire seco del desierto.
Mis tías habían decidido esa línea de acción sin consultarnos y eso suponía que ni mi madre ni mi hermano ni yo podríamos visitar a la abuela porque supuestamente nosotros, como familia que éramos, también nos habíamos trasladado al Oeste. A mi hermano Harold y a mí no nos importó: la residencia había sido siempre una pesadilla, con todos aquellos ancianos allí sentados mirándonos mientras intentábamos entablar conversación con la abuela. Ella tenía un aspecto espantoso, padecía un sinfín de males y se le iba la cabeza. No verla tampoco representaba una decepción para mi madre, ella nunca se había llevado bien con la vieja y no la visitaba  ni siquiera cuando aún podía. Pero lo molesto fue que mis tías habían actuado como era habitual en esa rama de la familia, ejerciendo la autoridad en nombre de todos: por un lado, ellas, las auténticas ciudadanas por lazos de sangre; por otro lado, los demás, ciudadanos inferiores por lazos matrimoniales. Era precisamente esta actitud la que había atormentado a mi madre durante toda su vida de casada. Sostenía que la familia de Jack nunca la había aceptado. Se había enfrentado a ellos durante veinticinco años como intrusa.

Pocas semanas después de nuestro duelo ritual, mi tía Frances nos telefoneó desde su casa de Larchmont. La tía Frances era la más rica de las hermanas de mi padre. Su marido era abogado y sus dos hijos estudiaban en Amherst. Había llamado para decir que la abuela preguntaba por qué no tenía noticias de Jack. Yo había atendido el teléfono. "Tú eres el escritor de la familia -dijo mi tía-. Tu padre tenía mucha fe en ti. ¿Te importaría inventarte algo. Envíamelo y yo se lo leeré a ella. No notará la diferencia."

Esa noche, en la mesa de la cocina, aparté mis deberes y redacté una carta. Intenté imaginar cómo habría respondido mi padre a su nueva vida. Él nunca había viajado al Oeste. Nunca había ido a ningún sitio. En su generación, el gran viaje era de la clase trabajadora a la clase profesional.Eso tampoco lo había conseguido. Pero adoraba Nueva York, la ciudad donde había nacido y vivido su vida, la ciudad donde siempre descubría cosas nuevas. Adoraba especialmente las zonas antiguas por debajo de Canal Street, donde encontraba proveedores de buques o empresas que comerciaban al por mayor con especias y té. Era vendedor al servicio de un mayorista de electrodomésticos, con clientes repartidos por toda la ciudad. Le encantaba llevar a casa quesos raros o verduras exóticas de otros países que se vendían sólo en  determinados barrios. Una vez llevó a casa un barómetro, otra vez un catalejo antiguo en un estuche de madera con cierre de latón.

"Querida mamá -escribí-. Arizona es un sitio precioso. Luce el sol todo el día y el aire es cálido, hacía años que no me sentía tan bien. El desierto no es tan yermo como podría pensarse sino que está lleno de flores silvestres y cactus y extraños árboles torcidos que parecen hombres con los brazos extendidos. Puedes ver a grandes distancias mires a donde mires y al oeste hay una cordillera, quizá a unos ochenta kilómetros de aquí pero por la mañana, cuando el sol la ilumina, se ve la nieve en sus picos."
   
Mi tía telefoneó al cabo de unos días y me dijo que fue al leer la carta en voz alta a la vieja cuando sintió el pleno efecto de la muerte de Jack. Tuvo que disculparse y salir a llorar al aparcamiento.
- No sabes cómo lloré -dijo-. Lo añoré tanto. Tienes toda la razón, le encantaba ir a sitios, le encantaba la vida, le encantaba todo.

Empezamos a intentar organizar nuestras vidas. Mi padre había pedido un préstamo a cuenta del seguro y quedaba muy poco. Se adeudaban aún ciertas comisiones pero no parecía que su empresa fuera a cumplir con su obligación. Quedaban un par de miles de dólares en una cuenta de ahorro de un banco que ahí tuvieron que dejarse hasta que se liquidara la herencia. El abogado que se ocupaba era el marido de Frances y era muy formal.
-¡La herencia!-exclamó mi madre entre dientes, gesticulando como si fuera a mesarse el pelo-.¡La herencia!
Solicitó un empleo a tiempo parcial en la oficina de ingresos del hospital donde se le había diagnosticado la enfermedad terminal a mi padre, allí había pasado unos meses hasta que lo enviaron a casa a morir. Ella conocía a muchos médicos  y otros empleados y se había familiarizado "por mi amarga experiencia", como les dijo, con la rutina del hospital. La contrataron.

Yo detestaba ese hospital. Era oscuro y lúgubre y estaba lleno de personas atormentadas. Me pareció un acto de masoquismo por parte de mi madre buscar trabajo allí,pero no se lo dije.
   
   Vivíamos en un apartamento en la esquina de la calle 165 con Grand Concourse, en la primera planta. Una habitación, salón y cocina. Yo compartía el dormitorio con mi hermano. Estaba abarrotado de trastos porque, cuando mi padre necesitó una cama de hospital, en los últimos años de su enfermedad trasladamos unos cuantos muebles del salón al dormitorio  le cedimos el salón a él.  Teníamos que sortear estanterías, camas, una mesa abatible, burós, un tocadiscos y una radio, pilas de discos de 78 r.p.m., el trombón y el atril de mi hermano y demás trastos. Mi madre siguió durmiendo en el sofá cama del salón que había sido la cama de matrimonio antes de enfermar mi padre. El salón y la habitación estaban comunicados por un estrecho pasillo, más estrecho aún debido a las estanterías adosadas a la pared. Al pasillo daban una pequeña cocina, una zona de comedor y un cuarto de baño. En la cocina había muchos electrodomésticos -grill, tostadora, olla a presión, lavavajillas con encimera, licuadora- que mi padre había conseguido por su trabajo aprecio de coste. Pero la mayoría de estos aparatos ni se estrenaban porque a mi madre no le interesaban. Los artefactos cromados con temporizadores o indicadores que requerían la lectura de complejas instrucciones no estaban hechos para ella. A ellos se debían en parte el horrendo desorden en nuestras vidas y ahora quería deshacerse de todos. "Nos están enterrando -decía-. ¿Quién los necesita?"

Así que acordamos tirar o vender todo lo que fuera superfluo. Mientras yo buscaba cajas para los electrodomésticos y mi hermano ataba las cajas con cordel, mi madre abrió el armario de mi padre y sacó su ropa. Tenía varios trajes, porque, como vendedor, necesitaba dar buena imagen. Mi madre quiso que nos probáramos los trajes para ver si alguno podía arreglarse y usarse. Mi hermano se negó a probárselos. Yo me probé una chaqueta, pero me venía grande. Noté frío en los brazos por el forro de las mangas y me llegó un vaguísimo olor a la existencia de mi padre.
-Esto me queda enorme -dije.
-No te preocupes -respondió mi madre-. Lo llevé a la tintorería. ¿Crees que te dejaría  ponértelo, si no?

Era de noche, a finales de invierno, y la nieve caía en el alféizar y se fundía al posarse. La bombilla del techo iluminaba una pila de trajes y pantalones de mi padre todavía en las perchas, echados sobre la cama, con la forma de un muerto. Nos negamos a probarnos nada más y mi madre rompió a llorar.
-¿Por qué lloras? -preguntó mi hermano levantando la voz-. Querías tirar cosas, ¿no? 

Al cabo de unas semanas, mi tía volvió a telefonear y dijo que, en su opinión, ya hacía falta otra carta de Jack. La abuela se había caído de una silla y tenía magulladuras y estaba muy deprimida.
-¿Cuánto tiempo tiene que durar esto? -preguntó mi madre.
-Tampoco es para tanto -contestó mi tía-. Con el poco tiempo que le queda, qué cuesta hacerle las cosas más llevaderas.
   Mi madre colgó bruscamente.
-¡Ni siquiera puede morir cuando él quiera! -exclamó- .¡Mamá está por delante incluso de la muerte! ¿Qué temen? ¿Qué se muera del disgusto? A esa no la mata nada.¡Es indestructible! ¡No se moriría ni clavándole una estaca en el corazón!

Cuando me senté en la cocina para escribir la carta, me costó más que la primera vez.
-No me mires -dije a mi hermano- .Ya es bastante difícil.
-No tienes que hacer algo solo porque alguien quiere que lo hagas -dijo Harold.
Era dos años mayor que yo y ya había empezado a estudiar en la universidad pública, pero cuando mi padre enfermó, Harold pasó al turno  nocturno y consiguió un trabajo en una tienda de discos.

"Querida mamá -escribí-; Espero que estés bien. Nosotros estamos todos de maravilla. La vida aquí está bien y la gente es muy amable e informal. Aquí nadie va con traje y corbata. Llevan sólo un pantalón y una camisa de manga corta. A veces un jersey por la noche. He comprado unas participaciones en una tienda de discos y radios muy próspera y me va sobre ruedas. ¿Te acuerdas de Jack's Electric, mi viejo establecimiento en la calle 43? Pues ahora es Jack's Arizona Electric y también vendemos televisores."

Envié esa carta a mi tía Frances y, como todos preveíamos, telefoneó poco después. Mi hermano tapó el auricular con la mano.
-Es Frances con su última reseña -anunció.
-¿Jonathan? Eres un joven de mucho talento. Sólo quería decirte que la carta ha sido una bendición. Se le ha iluminado la cara al leer esa parte sobre la tienda de Jack. Ésa sería una manera excelente de continuar.
-Bueno, espero no tener que volver a hacerlo, tía Frances. No es muy honesto.
Su tono cambió.
-¿Tu madre está ahí? Déjame hablar con ella.
-No está -contesté.
-Dile que no se preocupe -dijo mí tía-. Una pobre vieja que siempre ha deseado lo mejor para ella pronto morirá. 

No se lo repetí a mi madre, para quien aquello habría sido uno más en la antología familiar de comentarios imperdonables, pero por otro lado, tuve que soportarlo yo, pensando que acaso aquel comentario fuera cierto. Cada bando defendía su postura con retórica, pero yo, que quería paz, racionalizaba los desaires y los golpes que se infligían mutuamente, manteniéndome neutral, como mi padre.

Años atrás, su vida había caído en una sucesión de fracasos comerciales y oportunidades perdidas. La gran discusión entre su familia, por un lado, y mi madre Ruth, por otro, era la siguiente: ¿quién era el responsable de que él no hubiera estado a la altura de las expectativas de los demás?.
En cuanto a las profecías, al llegar la primavera, se impuso la de mi madre. La abuela seguía viva.

Un cálido domingo, mi madre, mi hermano y yo cogimos el autobús al cementerio Beth. El de Nueva Jersey, para visitar la tumba de mi padre, situada en un pequeño montículo. Nos quedamos allí contemplando los ondulados campos salpicados de sepulcros. Aquí y allá, procesiones de coches negros circulaban por tortuosos caminos o corrillos de personas permanecían ante sepulturas abiertas. En la tumba de mi padre había plantados pequeños brotes de plantas de hoja perenne, pero no había lápida. Habíamos elegido y pagado una, pero justo entonces los canteros se declararon en huelga. Sin lápida, mi padre no parecía muerto con honor. No me parecía debidamente enterrado.
   Mi madre miró la parcela junto a la suya, reservada para su propio ataúd.
-Siempre se creían muy superiores a los demás -dijo-.Incluso antiguamente, en los tiempos de la calle Stanton. Se daban aires. Nunca había nadie a su altura. Al final, ni siquiera el propio Jack estuvo a su altura. Salvo cuando había que conseguirles cosas a precio de mayorista. Entonces sí estaba a su altura.
-Mamá, por favor -dijo mi hermano.
-Si lo hubiera sabido...Antes de conocerlo, ya estaba pegado a las faldas de su madre. Y os aseguro que las faldas de Essie eran como cadenas. Teníamos que vivir cerca para las visitas de los domingos. Todos los domingos, la visita a mamaleh, así es la vida. a todo aquello que le constaba que yo quería...un piso mejor, cualquier mueble, un campamento de verano par los niños...ella se oponía. Ya sabéis como era vuestro padre: cada decisión debía ser pensada y repensada. Y no cambiaba nada. Nunca cambiaba nada.
Se echó a llorar. La ayudamos a sentarse en un banco cercano. Mi hermano se alejó y leyó los nombres de las lápidas. Yo miré a mi madre y me marché a buscar a mi hermano.
-Mamá sigue llorando -dije-.¿No deberíamos hacer algo?
-No pasa nada -contestó- .Ha venido para eso.
-Ya -dije, pero un sollozo escapó de mi garganta-,yo también tengo ganas de llorar.
Mi hermano Harold me rodeó con el brazo.
-Fíjate en esta vieja lápida negra -dijo-.Cómo está tallada. Se ve el cambio de la moda también en los sepulcros...como en todo lo demás.

Por aquel entonces empecé a soñar con  mi padre. No con el padre robusto de mi infancia, el hombre apuesto de piel rubicunda y saludable y ojos castaños y bigote y pelo con raya al medio. Mi padre muerto. Lo llevábamos a casa desde el hospital. Se sobreentendía que había vuelto de la muerte. Y eso era un hecho asombroso y feliz. Por otro lado, se lo veía atroz y misteriosamente deteriorado o, para ser más exactos, estropeado y sucio. Estaba muy amarillento y debilitado por la muerte, no existía la menor garantía de que no fuera a morir pronto otra vez. Él parecía consciente de eso y toda su personalidad había cambiado. Estaba irascible e impaciente con todos nosotros. Intentábamos ayudarlo de una manera u otra, esforzándonos por llevarlo a casa, pero cada vez algo nos lo impedía, algo que teníamos que resolver, una maleta maltrecha que se había abierto, algún problema mecánico, él tenía coche pero no arrancaba o el coche era de madera, algo relacionado con su ropa, toda le venía grande y se quedaba enganchada a la puerta. En una versión estaba vendado de la cabeza a los pies y, cuando intentamos levantarlo de la silla de ruedas para meterlo en un taxi, el vendaje empezó a desenrollarse y quedó atrapado en los radios de una rueda de la silla. Su actitud nos parecía poco razonable. Mi madre observaba con tristeza y trataba de convencerlo para que cooperara.

Ése era el sueño. No se lo conté a nadie. Una vez que me desperté gritando, mi hermano encendió la luz. Quiso saber qué había soñado pero fingí que no me acordaba. Me sentía culpable por soñar aquel sueño. También me sentía culpable en el propio sueño porque mi padre, encolerizado, sabía que no queríamos vivir con él. En el sueño aparecíamos llevándolo a casa, o intentándolo, y aun así entre nosotros se daba por sobreentendido que viviría solo. Era un ser abandonado que había vuelto de la muerte, pero nosotros lo que hacíamos era llevarlo a un sitio donde viviría solo sin la ayuda de nadie hasta volver a morir.

Llegué a un punto en que el sueño me daba tanto miedo que me resistía a dormir. Procuraba pensar en cosas buenas de mi padre y recordaba tal como era antes de su enfermedad. Me llamaba "compi". Hola compi, decía cuando llegaba a casa del trabajo. Siempre quería que fuésemos a algún sitio: a la tienda, al parque o a un partido. Le encantaba pasear. Cuando iba a pasear con él, decía Echa los hombros atrás, no te encorves. Mantén la cabeza en alto y mora el mundo. ¡Camina con decisión! Cuando avanzaba por la calle, movía los hombros de un lado a otro, como si oyera un cakewalk o algo así. Tenía un andar elástico. siempre quería saber qué había al otro lado de la esquina.


La siguiente vez que me pidieron una carta coincidió con una ocasión especial en la casa: mi hermano Harold había conocido a una chica que le gustaba y había salido con ella varias veces. La había invitado a cenar con nosotros.
Llevábamos días preparando todo: dimos a la casa un repaso general, limpiamos todo lo que había a la vista, quitamos el polvo de la cristalería y la vajilla buena acumulada por el desuso. Mi madre volvió temprano del trabajo para ponerse con la cena. Abrimos la mesa abatible del salón y acercamos las sillas de la cocina. Mi madre vistió la mesa con un mantel blanco lavado y planchado y sacó su cubertería de plata. Era la primera celebración familiar desde la enfermedad de mi padre.

La novia de mi hermano me cayó muy bien. Era una chica delgada, con el pelo muy liso y una sonrisa imponente. Parecía excitar el aire con su presencia. Resultaba asombroso tener a una chica vivita y coleando en casa. miró alrededor y lo que dijo fue:
-¡Vaya, nunca había visto tantos libros!
Mientras mi hermano y ella se sentaban a la mesa, mi madre trajinaba en la cocina sirviendo la comida en fuentes y yo iba de la cocina al salón, bromeando como un camarero, con un paño blanco colgado del brazo y un elegante estilo de servicio, colocando la bandeja de judías verdes en la mesa con un floreo. En la cocina, a mi madre le brillaban los ojos. Me miró y movió la cabeza en un gesto de asentimiento, dio a entender las palabras:"¡Encantadora!"

Mi hermano se dejó servir. Temía lo que pudiéramos decir. Una y otra vez lanzaba miradas a la chica -se llamaba Susan- para ver  si gozábamos de su aprobación. Trabajaba en una compañía de seguros y hacía un curso de contabilidad en la universidad pública. Harold se sentía sometido a una gran tensión, pero al mismo tiempo estaba entusiasmado y feliz. Había comprado una botella de vino de uva Concord para acompañar el pollo asado. Levantó la copa y propuso un brindis. Mi madre dijo:
-Por la salud y la felicidad.
Y todos bebimos, también yo. En ese momento sonó el teléfono y fui a cogerlo al dormitorio.
-¿Jonathan? Soy tu tía Frances.¿Cómo estás?
-Bien, gracias.
-Quiero pedirte un último favor. Necesito una carta de Jack. Tu abuela está muy enferma. ¿Crees que podrás?
-¿Quién es? -preguntó mi madre desde el salón.
-Vale tía Frances -me apresuré a responder-.Ahora tengo que dejarte, estamos cenando -y colgué el auricular.
-Era mi amigo Louie -dije al sentarme-.No sabía qué páginas de matemáticas había que repasar.
La cena fue muy bien. Harold y Susan fregaron los platos, para cuando acabaron, mi madre y yo habíamos plegado la mesa abatible y la habíamos arrimado de nuevo a la pared y yo había barrido las migas con el cepillo mecánico. Nos sentamos, charlamos y escuchamos discos un rato; después mi hermano acompañó a Susan a su casa. La velada había transcurrido a las mil maravillas.


Una vez, cuando mi madre no estaba en casa, mi hermano había señalado un hecho: en realidad las cartas de Jack no eran necesarias. 
-¿A qué viene ese ritual? -dijo con las palmas de las manos en alto-. La abuela está casi ciega, está medio sorda y lisiada. ¿Acaso una situación así requiere realmente una composición literaria? ¿Necesita verosimilitud? ¿Notaría esa vieja la diferencia si le leyeran el listín telefónico?
-¿Y entonces por qué me lo pide la tía Frances?
-Esa es la cuestión, Jonathan.¿Por qué? Al fin y al cabo ella misma podría escribir la carta, ¿qué más daría? Y si no las escribiera Frances, ¿por qué no los hijos de Frances, los estudiantes de Amherst? A estas alturas ya habrán aprendido a escribir.
-Pero no son los hijos de Jack -repuse.
-Ahí está -confirmó mi hermano-. La cuestión es el servicio. Papá se dejaba la piel consiguiéndoles cosas a precio de mayorista, consiguiéndoles gangas. Frances de Westchester necesitaba realmente cosas a precio de coste. Y la tía Molly. Y el marido de la tía Molly y el exmarido de la tía Molly. Para la abuela, si necesitaba que le hicieran un recado. Siempre lo tenían liado con algo. Nunca dieron importancia a su tiempo. Nunca pensaron que cada favor que le hacían era un favor que él tenía que devolver. Electrodomésticos, discos, relojes, porcelana, entradas para la ópera, cualquier cosa: llamemos a Jack.
-Para él era una cuestión de orgullo poder hacer algo por ellos -dije-. Demostrar que tenía contactos.
-Ya, me pregunto por qué -comentó mi hermano. Miró por la ventana.
De pronto tomé conciencia de que me estaban enredando.
-Tendrías que usar más la cabeza -dijo mi hermano.


Aun así, una vez me había comprometido a escribir otra carta desde el desierto y cumplí.Se la envié a la tía Frances. Unos días más tarde, cuando volví del colegio, me pareció verla sentada en su coche delante de casa. Estaba al volante de un Buick Roadmaster negro, un automóvil muy grande y limpio con neumáticos de banda blanca. En efecto aquella mujer era la tía Frances. Dio un bocinazo al verme. Me acerqué y me agaché junto a la ventanilla.
Hola, Jonathan -dijo-. No tengo mucho tiempo. ¿Puedes subir al coche?
-Mamá no está en casa -contesté-.Está en el trabajo.
-Ya lo sé. He venido para hablar contigo.
-¿Quieres entrar en casa?
-No puedo, tengo que volver a Larchmont. ¿Puedes subir un momento, por favor?
Subí al coche.Mi tía Frances era una mujer guapa de pelo cano, elegantísima, vestía con buen gusto. a mí siempre me había caído bien y, desde niño, se complacía en decir a la gente que parecía más hijo de ella que de Jack. Llevaba guantes blancos y, mientras hablaba, tenía las manos en el volante y miraba al frente, como si el coche estuviera circulando y no estacionado junto al bordillo.
-Jonathan -dijo-, ahí está tu carta, en el asiento. Huelga decir que no se la he leído a la abuela. Te la devuelvo y no diré  nunca una sola palabra a nadie. Esto es un asunto entre tú y yo. No esperaba tal crueldad de tu parte. No imaginaba que fueras capaz de un acto tan intencionadamente cruel y perverso.
Callé.
-Tu madre alberga un gran resentimiento y ahora veo que te ha envenenado a ti con él. Siempre ha guardado rencor a la familia. Es una persona muy obstinada, muy egoísta.
-No es verdad -repliqué.
--No esperaba que estuvieras de acuerdo. Volvió loco al pobre Jack con sus exigencias. Siempre andaba con la más altas aspiraciones y él nunca era capaz de realizarlas a la entera satisfacción de ella.Cuando Jack aún conservaba la tienda, tenía en plantilla al hermano de tu madre, bebedor empedernido. Después de la guerra, cuando empezó a ganar un poco de dinero, tuvo que comprar a Ruth una chaqueta de visón porque ella quería una a toda costa. Él tenía deudas, pero ella no podía pasar sin su visón. Mi hermano era una persona muy especial, debería haber logrado algo especial, pero quería a tu madre y consagró su vida a ella. Y a ella lo único que le preocupaba era no ser menos que el vecino.

Observé el tráfico que circulaba por Grand Concourse. Unos cuantos niños esperaban en la parada del autobús de la esquina. Habían dejado los libros en el suelo y hacían el ganso por allí.
-Lamento tener que rebajarme a esto -dijo la tía Frances-. No me gusta hablar de la gente así. Si no tengo nada bueno que decir sobre alguien, prefiero no decir nada. ¿Está Harold?
-Bien.
-¿Te ayudó a escribir esta maravillosa carta?
-No.
-¿Cómo os va?
-Bien.
-Os invitaría a reuniros con nosotros en Pascua, pero no creo que a tu madre le guste la idea.
No contesté.
Puso el motor en marcha.
-Me  despido ya, Jonathan. Coge tu carta. Espero que dediques un tiempo a pensar en lo que has hecho.


Esa tarde, cuando mi madre regresó a casa del trabajo, vi que no era tan guapa como la tía Frances. Hasta entonces había creído que mi madre era una mujer atractiva, pero en ese momento vi que le sobraban algunos  kilos y lucía un peinado anodino.
-¿Por qué me miras? -preguntó.
-No te miro.
-Hoy me he enterado de algo interesante -dijo mi madre-. Puede que tengamos derecho a una pensión de veterano de guerra por el tiempo que tu padre pasó en la Marina.
Eso me cogió por sorpresa. Nadie me había contado que mi padre hubiese servido en la Marina.
-En la Primera Guerra Mundial -explicó ella- estuvo en la Academia Naval de Webb, a orillas del río Harlem. Se preparaba para ser alférez, pero terminó la guerra y no llegaron a asignarle destino.
Después de la cena, los tres registramos los armarios en busca de la documentación de mi padre con la esperanza de encontrar prueba que pudiera presentarse a la Administración de Veteranos. Dimos con dos cosas, una Medalla de la Victoria, que según mi hermano recibieron todos por su servicio en la Gran Guerra, y una sorprendente foto en sepia de mi padre y sus compañeros de tripulación en la cubierta de un barco. Vestían pantalón de pata ancha y camisetas e iban armados con fregonas y baldes, escobas y cepillos.
-No sabía nada de esto -dije sin poder evitarlo-.No sabía nada de esto.
-Lo que pasa es que no te acuerdas -señaló mi hermano.
Reconocí a mi padre. Estaba al final de la fila, un chico delgado, guapo, con una espesa mata de pelo, bigote y un semblante risueño e inteligente.
-Tenía un chiste -contó mi madre-. Al buque escuela lo llamaban SS Estreñimiento, porque nunca se movía.

Ni la fotografía ni la medalla eran prueba de nada, pero mi hermano pensó que tenía que haber una copia de la  hoja de servicios de mi padre en algún lugar de Washington y que todo se reducía a averiguar cómo localizarla.
-La pensión no será gran cosa -dijo mi madre-, veinte o treinta dólares, pero, desde luego, ayudaría.

Cogí la fotografía de mi padre y sus compañeros de tripulación y la apoyé contra la lámpara de mi mesilla de noche. Examiné su rostro juvenil e intenté relacionarlo con el padre que conocía. Miré la foto un buen rato. Sólo poco a poco mi mirada estableció el vínculo entre ella y la colección de Grandes Novelas del Mar dispuesta en el estante inferior de la librería, a pocos metros de mí.Mi padre me había regalado esa colección a mí: todos los libros estaban encuadernados en verde con letras doradas e incluían obras de Melville, Conrad, Victor Hugo y el capitán Marryat. Y, sobre los libros, encajonado bajo el estante alabeado superior, estaba su antiguo catalejo, en el estuche de madera de cierre metálico. Pensé en lo estúpido, poco perspicaz y egocéntrico que había sido para no ver, en vida de mi padre, cuál era el sueño de su vida.


Por otro lado había escrito en mi última carta desde Arizona -la que tanto había enfadado a la tía Frances- algo que podía permitirme, a mí, el escritor de la familia, juzgarme con menos severidad. Concluiré reproduciendo aquí la carta íntegramente.        
Querida mamá:
Ésta será la última carta que te escribo, porque el médico me ha dicho que me muero.  He hecho un buen negocio con la venta de la tienda y envío a Frances un cheque de cinco mil dólares para que lo ingrese en tu cuenta. Un regalo para ti, Mamaleh. Que Frances te enseñe la libreta de ahorros.   En cuanto al carácter de mi mal no me han dicho qué es, pero me consta que sencillamente me muero por una vida equivocada. Nunca debería haber venido al desierto. No es el lugar para mí.    He pedido a Ruth y los chicos que incineren mi cuerpo y esparzan las cenizas en el mar.   Tu hijo que te quiere,    JACK  
Tan alto el silencio: 'Cuentos completos', de E.L. DoctorowMalpaso, 2015