03 septiembre, 2018

Los lentos elefantes de Milán




El martes 22 de Agosto de 1972 Adolfo Bioy Casares anotó:"Como en casa de Borges.[...]. Le leo Los novicios de Lerna, un largo cuento, del libro del mismo nombre, de Ángel Bonomini. Nos parece excelente". 
Los novicios de Lerna es  excelente sin duda aunque  demasiado extenso para un post pero   Los lentos elefantes de Milán es también excelente y más breve: sumergida en la niebla de la ciudad,  Ángel Bonomini  (Buenos Aires, 1929-1994) entreteje una historia con  la realidad, que él considera sagrada, más lirismo surrealista,filosofía y metafísica, ritmo y  alguna  pincelada casi invisible de  humor .Es un cuento  para releer y dejarse llevar por el haz de sugerencias y emociones  que activa la mejor literatura  



                           


LOS LENTOS ELEFANTES DE MILÁN

UNA VEZ estuve en Milán. No me faltaban razones para encontrarme con el ánimo muy bajo. (Me excuso por hablar de asuntos personales pero hacen al cuento). La cuestión es que me hallaba en Milán, y ese estado de ánimo que tenía exacerbaba, creo, mi reacción ante las cosas y los hechos.Llegaba de ciudades muy bellas a esa que, sin ser excepcional, me gustaba y despertaba en mí emociones especiales que, también por ser subjetivas a nadie importan. Era una mañana neblinosa de febrero -Milán y la niebla son parejas- y caminaba yo por la Vía Manín cuando vi dos elefantes por la calle. Creo que en el hotel -muy mediocre y poco recomendable- anoté algunos párrafos  relacionados con esos elefantes, con el horror que entrañaron, con la inocencia que son capaces de hacer recuperar, con el miedo que pueden provocar -ellos o su ausencia-. De Milán viajé a Venecia. Iba solo. Vi los campos de Italia. Pasé por los pagos de mis antepasados que fueron labriegos y soldados. Olí el agua del Garda, donde nacieron los que me dieron la sangre y el nombre. En el tren me porté mal. Abrí las ventanillas a destiempo, pedí repetidas veces alcohol para beber. Anoté nuevas memorias sobre mis elefantes. Discutí en un italiano macarrónico las nefastas consecuencias del fascismo con una profesora de historia que odiaba a mi amado Catulo, vecino circunstancial al pasar por  Garda y por Sirmione, y, arrepentido de mi conducta, dormí y soñé con los elefantes de Milán. A veces siento una gran desconfianza por la escritura; creo que aunque sea subrepticiamente, uno, al escribir, cuenta cosas personales. ¿Y quién que pueda leer no es igual a uno? ¿Y quién que es igual a uno necesita que le cuenten lo que sabe? Pero más saludable es no cuestionarse  los actos inevitables, como este de contar que uno ha visto elefantes y, mansamente, responder a la urgencia de contarlo. Porque nadie cuenta nada por contar, sino porque se le impone el cuento que, así, contado se convierte no en el hecho que uno conoce, sino en el que es conveniente que los demás conozcan.


En Venecia, de noche, regresaba a mi hotel muy cansado pero no podía dejar de anotar detalles sobre los elefantes de Milán. Volví a otra ciudad y luego a Buenos Aires. Todas las noches escribía algo sobre mis elefantes. Pensé que, después de todo debía reunir esas notas y ordenarlas como medio para curarme de esas observaciones que, debo decirlo, me ocupaban los sueños con mayor frecuencia que la que admite la cordura. Los vi venir como quien ve la muerte llegar irremediablemente. Entonces quise entender su significación, comprender su razón, desentrañarles la causa y entender por qué venían  pisándome el árbol de arterias y venas, el bosque de olvidos y memorias que, como todos, yo soy. Al principio había cierta mezcla de perplejidad con complacencia en quienes los veíamos llegar. Eran elefantes. ¿Qué es un elefante? ¿Qué es fuera de su planicie o fuera de su selva? ¿Qué son en una ciudad dos elefantes? Milán es hoy una ciudad muy refinada. Es digna Milán. Y esos dos elefantes no convenían a la dignidad de la ciudad. ¿Por qué esas montañas grises corrían junto a los párpados? En los secretos resquicios del sueño todo se adecua al pasado y al futuro, a seguir viviendo. Los sueños, por pesados, por pesadillas que sean, son formas de vivir, acaso las más nutricias, aunque pesen durante segundos con la gravedad del horror, con la presión del límite, con la ferocidad de la final instancia. Pero la realidad es distinta, y no fue fácil verlos llegar con ese paso lento y seguro de las grandes moles en desplazamiento. Eso eran: gigantescas moles de mercurio rodando por un pavimento que les cedía involuntariamente el traslado y que segregaba ante cada paso de las bestias una sustancia bituminosa, mordiente. Avanzaban, sin embargo. Fue en Milán. Mi corazón estaba atribulado. Comprendo que a nadie le importe demasiado ni los elefantes ni mi corazón. Entonces,¿para qué escribir? Mis elefantes son mis elefantes. Pero, a veces, los he sentido oprimirme el corazón abatido con sus patas de terciopelo gris. A veces los he soñado como de felpa inflada, huecos, vacíos de inocencia y de selva, como una fuerza inmensa de ternura imbatible, como el símbolo de una gracia infinita, como el asombro en los ojos transparentes de un niño. Entonces, cobraban el sentido olvidado de cuando yo mismo era niño y un elefante sólo podía ser un juguete del tamaño de un gato o un ser imaginario como un ángel. Y luego, en el zoológico, un monstruo. Y luego, en el circo, una máquina, o una especie de ratón gigante, o de ratón visto con lupa, pero siempre algo inverosímil o una pura convención. Había que aceptarlos igual que a los enanos, y los enanos también eran mentiras, o verdades exageradas. Mi atribulado corazón apenas podía sentir el mundo quieto de los árboles esa mañana neblinosa por la Vía Manín  de Milán.¿Cómo podía entonces admitir el paso enérgico, ágil y lento de los elefantes que iban caminando, decididos, hacia mí, desde el fondo de la avenida a través de la niebla de esa mañana de Milán? En esa mañana italiana llena de hombres y mujeres vestidos con pieles costosas, recorrida de automóviles serenos y también de alto costo,conducidos por mujeres rubias de ojos azules y bocas entreabiertas y miradas indolentes como si estuvieran resignadas o muertas.¿Cómo podían admitirse esas masas cenicientas de ojos pequeñísimos avanzar hacia uno? Milán no tolera elefantes por sus calles. Tampoco los tolera un hombre común como yo, cuyo corazón está abatido, tal vez como los corazones de todos los hombres.Yo venía de caminar mucho; iba hacia mi hotel, cansado de tanto andar, y miraba de vez en cuando las jaulas con animales de los jardines públicos, y los árboles y de pronto vi los elefantes conducidos -gritados- por un par de hombres de ojos negros. Fatalmente, los veía contra los frentes de los palacios donde viven mis paisanos lombardos recientemente enriquecidos. La selva, la libertad, iban sometidas por las civilizadas calles de Milán y provocaban asombro, gracia y hasta cierto punto, terror, andando entre los automóviles a metros de las mujeres y hombres envueltos en costosas pieles de animales salvajes mientras la niebla, indiferente, nos envolvía a todos como si fuera un tiempo detenido,o la muerte. Por la Vía Manín, uno de los límites de los Jardines Públicos de Milán, venían entonces dos elefantes. Digo "venían" porque yo los veía avanzar hacia mí entre los automóviles, los palacios y los bellos milaneses: ellas envueltas en preciosas pieles de lince, de visón de marmota, ellos en paños de pelo de camello y también en pieles de animales salvajes.En Milán la gente con frecuencia es elegante a demás de ser bella.Esos ciudadanos y yo veíamos el avance pausado y singular de los elefantes. Una de las aceras de la Vía Manín tiene palacios; la otra una larga barra, como la borda de un barco que se asoma a los Jardines Públicos. Los elefantes venían desde el extremos de los jardines donde se encuentra la Plaza de la República, conducidos por dos indios que gritaban palabras iniciadas con haches aspiradas. Un elefante era grande y el otro pequeño. Los dos obscuros. Pensé en un circo.Tal vez todos pensamos en un circo. Pero, curioso que elefantes de un circo se paseen por las calles sin hacer propaganda. Las cosas empezaron a aclararse cuando los elefantes envueltos en una masa de niebla, entraron con sus indios en los Jardines Públicos. ¿Los habían sacado a pasear? ¿Eran nuevos elefantes que se incorporaban al zoológico de los Jardines Públicos de Milán? ¿Eran elefantes de los Jardines Públicos y los habían llevado a ver al único veterinario capaz de curarlos que, a su vez, estaba enfermo y sólo desde la cama podía dar su diagnóstico? Lo cierto es que llegaban a los Jardines Públicos donde hay, en sus respectivas jaulas, buitres, osos, monos, dromedarios y otros animales exóticos para Milán. Todo -digo- empezaba a encauzarse dentro de los razonable para la paz de los milaneses y para mi propia paz. Entraron, como digo, los elefantes con sus indios provistos de garfios. Los milaneses y yo nos detuvimos apoyados en la borda que se asoma al mar de bestias. Casi con asombro descubrí que frente a mí, a unos veinte metros, en los Jardines Públicos, se encontraba la morada de los elefantes que viven en Milán. Junto a esa morada en forma de plazoleta cercada se halla una construcción gris verdosa, acaso -me dije- recinto en el que los elefantes se protegen cuando abandonan la plazoleta.


Desde la borda vimos los elefantes residentes, color gris perla.Llegaron los elefantes nuevos y los detuvieron frente a la verja de la plazoleta que, en un sector, se reducía a una barra más bien baja. A uno de los elefantes recién llegados, el más grande, los indios y otros hombres, presumiblemente empleados de los Jardines Públicos- lo hicieron arrodillar y pasar bajo la barra, hecho lo cual quedó aprisionado entre el edificio gris verdoso y otras verjas que delimitan un pequeño lago dedicado a los elefantes residentes.(Olvidé decir que algunos de los elefantes residentes fueron obligados a entrar en el edificio, de modo que quedó prácticamente probado que estaba destinado a los animales moradores de los Jardines Públicos). Uno de los hombres que ayudaban a los indios se ensangrentó una mano al quedar aprisionado entre el elefante recién llegado y la pared gris verdosa, cuyo revoque es muy rústico. Finalmente, sacaron del edificio a uno de los residentes, chico, gris perla y, luego de pasar arrodillado al grande, obscuro, que había llegado caminando por la calle (el chico pudo pasar por la puerta estrecha que hay junto al edificio gris verdoso) sacaron a los tres - a los dos recién llegados y a uno de los residentes- nuevamente a las calles de Milán, por la Vïa Manín, en dirección a la Plaza de la República, quién sabe con qué destino. Nadie sabe qué es exactamente un elefante. Y menos un elefante moribundo. Es posible que los dos elefantes obscuros hubieran ido a buscar a un elefante moribundo y lo llevaran a un cementerio de elefantes. Todo esto ocurrió un 5 de febrero. Mi corazón estaba acongojado y los elefantes nada tenían que ver con mi congoja.Un milanés que no había entendido nada  de la llegada, entrada y salida de los elefantes, sin mirar a ninguno de los que seguíamos los sucesos manifestó en voz alta, antes de retirarse airadamente, que esa sin duda, era "una maniobra política de esos desgraciados". Le pregunté a mi vecino quiénes era "esos desgraciados". Me contestó que no hiciera caso a ese tipo porque sin duda se trataba de un monárquico.Alentado por el incipiente diálogo le pregunté a mi vecino que habían estado haciendo con esos elefantes. "¿Qué elefantes?", me repuso el hombre mirándome fijamente a través de la niebla, y con aire ofendido se alejó bruscamente.


Sobre los párpados pesan las pisadas de los elefantes como pesadillas. Si por lo menos tuvieran alas los elefantes y no pisaran siempre como sobre una superficie gomosa, adhesiva, que apenas permite el traslado...pero no. Baten el piso con suavidad, apenas lo tocan,  apenas lo usan y, acaso, apenas pesan a fuerza de ser delicados y atemperados, como si tuvieran pudor de su enormidad, cuidado de no hacerse notar, deseo de disimularse. Los elefantes son muy delicados. Tal vez sean los únicos animales que merezcan caminar por las calles de Milán.Pero, a pesar de que quieren pasar inadvertidos, asombran al transeúnte solitario de corazón abatido. Relataré los hechos.Fue en febrero y la mañana era muy neblinosa. Yo iba pensando por la calle que el mundo ofrece una cara distinta  y única a cada uno, y que adquirir conciencia de eso es gravoso porque se trata casi de inventar cada árbol, cada rostro, cada combinación de pájaro con piedra, de burbuja con muerte, de instante con horizonte. Pensaba también que toda distracción es criminal porque dejar de ver la relación entre pájaro y piedra, por ejemplo, es como omitirla, y omitirla, obviamente,  es desestimar la importancia de la creación, o desestimar la sagrada realidad.Ir, entonces, caminando por una calle de una ciudad que no es la nuestra (lejos de nuestros muertos y de donde presumiblemente  estarán nuestros sepulcros), ir caminando como yo iba por una calle de Milán, exige una fuerte concentración a fin de que todas las partículas que flotan en el aire (siempre las hay por tenue y transparente o por neblinoso que esté)  no distraigan las dulces y sutiles interrelaciones de las cosas  que son, finalmente, los cimientos de la fascinación del mundo.Yo iba, pues, por esa calle, esa mañana de febrero, y aparecen los elefantes. Venían caminando al ritmo que caminan los cazadores en una planicie nevada. Tenían el color de la niebla. como si fueran de terciopelo gris y rellenos de plumas o simplemente inflados de aire, o mejor, de un gas apenas más liviano que el aire. Yo quise saber qué estaban haciendo esos elefantes en medio de la ciudad. Quise saberlo, pero después acepté con naturalidad su presencia porque ellos  se trasladaban con naturalidad y, aparentemente, sólo con el ánimo de caminar, como yo, por la calle en esa mañana fresca de febrero, mañana gris, de una niebla inamovible, parecida a la muerte. De pronto, la realidad exterior se convierte de objeto de nuestro testimonio en causa de nuestra libertad. Así fue como yo dejé de ver a Milán como si fuera un testigo del mundo, sino al revés, como si yo estuviera todavía sin nacer, dentro del vientre de Milán, y la niebla fuera mis aguas natales y las avenidas, los palacios, los elefantes,los automóviles y mis paisanos lombardos fuesen paredes osmóticas de mi recinto prenatal, conductos alimenticios, tráfico biológico, circunstancias placentarias, para que después pudiera yo asomarme al mundo y a las contradictorias posibilidades y a los incomprensibles hechos que componen la vida humana. O sea, que volví a estar gestado y no nacido aún, y eso que parecía ilícito para la cordura se transformaba en clave de lo que debería yo descifrar y componer a fin de convertirme alguna vez en un ser humano Porque me pareció por un instante que la niebla, semejante a la piel de los elefantes, eran los muros del recinto desde donde debía yo saltar para ver una luz que estaba en mi memoria, o, lo que es lo mismo, en mi imaginación o, lo que es igual, en mi anhelo. Y así una circunstancia, un hecho particular impregnado de magia superficial, me hizo comprender que un elefante por Milán es igual al agua fresca recién servida en un vaso, o al deslizamiento dulce y pringoso de la miel sobre los poros del pan. Y comprendí luego que estaba bien lo que iba pensando desde la tribulación de mi corazón, y es que todo,absolutamente todo, tiene en su relación secreta con nuestros ojos y nuestras lenguas, con nuestro oído y nuestra piel y el aire que respiramos, la imagen recónditamente guardada, secretamente guardada, de quien nos dio, tiene y soporta la incomprensible y sagrada razón de que estemos en el mundo. Y que, finalmente,todo, cualquier cosa, cualquier acontecimiento, no es más que una velada metáfora de Dios.

Ángel BONOMINI, Los lentos elefantes de Milán,Reverso ediciones,2004
Ángel BONOMINI, Todos parecían soñar,cuentos completos,Pre-Textos,2017 


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