06 agosto, 2017

Lucia Berlin hechicera y mágica


       


LUCIA BERLIN transformó su experiencia en literatura, condensándola   en  76 relatos notables por su vigor narrativo,ingenio,fogonazos de lirismo y melancólico humor. 
Alfaguara-en Manual para mujeres de la limpieza- edita 43 de ellos  entre los que se encuentra Melina.


Melina


En Albuquerque, al caer la tarde, mi marido Rex iba a sus clases en la universidad o a su taller de escultura. Yo solía sacar al bebé, Ben, a dar largos paseos con el cochecito. En lo alto de la colina, en una calle frondosa con olmos a ambos lados, estaba la casa de Clyde Tingley. Siempre pasábamos por delante de aquella casa. Clyde Tingley era un millonario que donaba todo su dinero a los hospitales infantiles del estado. Me gustaba ir por allí porque siempre, no sólo en Navidad, había guirnaldas de luces en los aleros del porche y en los árboles. Las encendía justo al anochecer, cuando normalmente volvíamos del paseo. A veces lo veía en su silla de ruedas en el porche, un viejecito flacucho que nos saludaba de lejos. "Buenas", o "Qué preciosa noche", cuando pasábamos. Una vez , sin embargo, me gritó:
-¡Espere, espere! ¡Ese niño tiene un problema en los pies! Debe hacérselo mirar.
Eché un vistazo a los pies de Ben, que estaban perfectamente. 
-No, es porque ya está demasiado grande para la sillita. Encoge los pies torcidos para no arrastrarlos por el suelo.
Ben era tan listo...Ni siquiera hablaba todavía, pero pareció entender. Apoyó con firmeza los pies en el suelo, como para demostrarle al viejo que no había de qué preocuparse.
-Las madres nunca quieren reconocer que hay un problema. Hágame caso y llévelo al médico.
Justo en ese momento se acercaba un hombre vestido de negro por la calle. Ya entonces era raro ver alguien caminado, así que fue una sorpresa. Se agachó en la acera y sujetó los pies de Ben con ambas manos. Llevaba la correa de un saxofón colgada del cuello y Ben se la agarró.
-No, señor, los pies del chico son perfectamente normales -dijo.
-Bueno, me alegra oírlo -contestó Clyde Tingley desde arriba.
-Gracias de todos modos, le dije.
Me quedé hablando con el hombre de negro, y luego nos acompañó a casa. Eso ocurrió en 1956. Fue el primer bohemio que conocí. No había visto a nadie como él en Albuquerque. Judío, con acento de Brooklyn. Pelo largo y barba, gafas oscuras; pero no parecía siniestro. A Ben le cayó bien de entrada. Se llamaba Beau. Era poeta y músico, tocaba el saxo. Fue más tarde cuando averigüé que la correa del cuello era para el saxofón.

Nos hicimos amigos nada más conocernos. Beau jugó con Ben mientras yo preparaba té frío. Cuando acosté e Ben nos quedamos hablando en los escalones del porche hasta que Rex volvió a casa. Los dos hombres fueron correctos pero no se cayeron demasiado bien, saltaba a la vista. Rex estudiaba en la universidad.Éramos muy pobres en aquella época, pero Rex parecía más mayor, más confiado. Cierto aire de triunfo, quizá con un punto de soberbia. Beau actuaba como si nada le importara mucho, aunque yo ya me había dado cuenta de que no era verdad. Cuando se fue, Rex dijo que no le gustaba la idea de que me dedicara a traer a casa músicos descarriados.
Beau estaba volviendo en autostop a Nueva York, a la Gran Manzana,después de seis meses en San Francisco. Se alojaba en casa  de unos amigos, pero trabajaba todo el día, así que los cuatro días que se quedó allí vino a vernos a Ben y a mí.
Beau necesitaba hablar. Y para mí era estupendo escuchar a alguien, más allá de las cuatro palabras que decía Ben, así que me alegraba verlo. Además, hablaba de amor. Se había enamorado. A mí no me cabía duda de que Rex me quería, de que éramos felices y que viviríamos felices juntos, pero no estaba locamente enamorado de mí como Beau lo estaba de Melina.
En San Francisco,Beau había trabajado vendiendo bocadillos con un carrito de comidas, además de café, repostería y refrescos, que trajinaba de un lado a otro por las distintas plantas de un coloso de oficinas. Un día entró en el despacho de una compañía de seguros y vio a una mujer. Era Melina. Estaba archivando documentos, aunque no realmente, porque miraba por la ventana con una sonrisa soñadora. Tenía el pelo largo y rubio teñido, y llevaba un vestido negro. Era muy menuda y delgada. Pero fue su piel, dijo Beau. Más que una persona, Melina parecía una criatura de seda blanca, de vidrio opalino.  


Beau no supo que le sucedía.Dejó el carrito y a los clientes y cruzó una pequeña puerta hasta donde estaba ella. Le dijo que la amaba. Te deseo, le dijo.Conseguiré la llave del baño. Vamos.Sólo serán cinco minutos. Melina lo miró y dijo:ahora voy.
Entonces yo era muy joven. Me pareció la historia más romántica que había oído nunca.

Melina estaba casada y tenía una hijita de un año más o menos. La edad de Ben. Su marido era trompetista, y estuvo de gira los dos meses que Beau pasó con ella. Vivieron una aventura apasionada, y justo antes de que su marido volviera Melina le dijo a Beau: "Es hora de que sigas tu camino". Así que se marchó.
Beau dijo que era imposible no obedecerla, que no solo lo hechizaba a él o a su marido, sino a cualquier hombre que la conociera. No había lugar para los celos, dijo, porque parecía completamente natural que cualquier otro hombre la amara.
Por ejemplo...el bebé ni siquiera era de su marido. Durante un tiempo habían vivido en El Paso. Melina trabajó en Piggly Wiggly envasando carne y pollos y envolviéndolos en plástico. Detrás de una mampara transparente, con uno de esos ridículos gorros de papel. Y aún así, aquel torero mexicano que había entrado a comprar unos filetes la vio. Aporreó el mostrador y llamó al timbre, le insistió al carnicero que tenía que ver a la mujer que envasaba la carne. La obligó a marcharse del trabajo. Así es como te afectaba, dijo Beau. Necesitabas estar cerca de ella inmediatamente.

Unos meses más tarde Melina se dio cuenta de que estaba embarazada. Loca de alegría, se lo contó a su marido. Él se puso hecho una furia. No puede ser, dijo,me hice una vasectomía. ¿Qué? Melina se indignó. ¿Y te casaste conmigo sin decírmelo? Lo echó de casa a patadas, cambió las cerraduras. Él le mandó flores, le escribió cartas apasionadas. Durmió delante de la puerta hasta que al final lo perdonó.

Melina cosía la ropa de la familia. Había tapizado con tela todas las habitaciones del apartamento. En el suelo había colchones y almohadas, podías ir gateando como un bebé de carpa en carpa. a la luz de las velas día y noche nunca sabías qué hora era.
Beau me lo contó todo  sobre Melina. Que su infancia transcurrió en varias casas de acogida, que a los trece años se escapó. Fue bailarina en un bar de alterne (no estoy segura de lo que significa eso) y su marido la había rescatado de una situación muy fea. Es dura, dijo Beau, y malhablada, y sin embargo sus ojos, su tacto, son los de una criatura angelical. Ella fue el ángel que entró en  mi vida sin avisar y me condenó para siempre...Se ponía muy dramático, y a veces incluso lloraba desconsolado, pero a mí me encantaba que me hablara de ella, me habría gustado ser como ella. Dura, misteriosa, bella.

Me dio pena que Beau se marchara.También él fue como un ángel en  mi vida. Después de conocerlo me di cuenta de qué poco hablaba Rex conmigo o con Ben. Me sentí tan sola que incluso pensé en convertir nuestras habitaciones en carpas.

Unos años más tarde estaba casada con otro hombre, un pianista de jazz que se llamaba David. Era un buen hombre, pero también callado. No sé por qué me casé con esos tipos callados, cuando a mí lo que más me gusta en el mundo es hablar. Teníamos muchos amigos, eso sí. Los músicos que pasaban por la ciudad se quedaban en casa y mientras los hombres tocaban, las mujeres cocinábamos y charlábamos y nos tumbábamos en el césped a jugar con los niños.
Intentar que David me contara cómo era de pequeño, o me hablara de su primera novia, de cualquier cosa, era como arrancarle una muela. Sabía que había vivido con una mujer, una pintora muy guapa, durante cinco años, pero no quería hablarme de ella. Eh, le dije, yo te he contado mi vida, explícame algo sobre ti, dime cuándo te enamoraste por primera vez...Se echó a reír, pero al final me lo contó. Eso es fácil, me dijo.

Fue de una mujer que vivía con su mejor amigo, un contrabajista, Ernie Jones. En el valle del sur de la ciudad, junto al canal de riego. Una vez David había ido a ver a Ernie y, como no lo encontró en casa, bajó al canal.
Ella estaba tomando el sol,desnuda y blanca sobre la hierba verde. Para protegerse los ojos llevaba esas blondas de papel que ponen en los platitos de los helados.
-¿Y? ¿Ya está?- dije tratando de sonsacarle más.
-Bueno, sí.Ya está. Me enamoré.
-Pero ¿y ella cómo era?                                 
-No parecía de este mundo. Una vez Ernie y yo nos habíamos echado junto al canal, hablando, fumando hierba. Estábamos hechos polvo porque a ninguno de los dos nos salía trabajo.Vivíamos con lo que ganaba ella, haciendo de camarera. Un día trabajó en un banquete y se llevó todas las flores a casa. Había tantas como para llenar una habitación, pero lo que hizo fue cargarlas río arriba y echarlas al canal. Así que Ernie y yo estábamos allí, cabizbajos en la orilla mirando el agua turbia, y de pronto millones de flores pasaron flotando. Ella trajo comida y vino, incluso cubiertos y manteles que colocó en la hierba.
-Entonces. ¿hiciste el amor con ella?
-No. Ni siquiera llegué a hablar con ella nunca, al menos a solas.Simplemente la recuerdo ahí, estirada en el la hierba.
-Hum -dije, complacida por los detalles y la mirada bobalicona que puso. Me encantaba el romance en cualquiera de sus formas.
                                         
Nos mudamos a Santa Fe, donde David tocaba el piano en Claude's. Pasaron un montón de buenos músicos por allí esos años, y actuaban una o dos noches como invitados del trío de David. Una vez vino un trompetista realmente bueno, Paco Durán. A David le gustaba tocar con él, y me preguntó si me parecía bien que Paco y su mujer y su hijo se quedaran en casa una semana. Claro, dije, será estupendo.

Y lo fue. Paco era un músico fabuloso. David y él tocaban toda la noche en el club y también el día entero en casa. La mujer de Paco, Melina, era exótica y divertida. Hablaban y se comportaban como los músicos de jazz de Los Ángeles. A nuestra casa la llamaban "la choza", y decían "¿lo pillas?" o "fetén". Su hijita y Ben se lo pasaban en grande juntos, aunque estaban en esa edad en que lo tocan todo. Intentamos meterlos en un parquecito, pero ninguno de los dos consentía quedarse allí. A Melina se le ocurrió que lo mejor era dejarlos a su aire y meternos nosotras en el parquecito, con nuestro café y nuestros ceniceros a salvo. Así que eso hicimos, sentarnos dentro mientras los niños sacaban libros de las estanterías. Ella estaba hablándome de Las Vegas, pero hacía que sonara a otro planeta. Mientras la escuchaba me di cuenta, no solo al mirarla sino rodeada por el aura de su belleza, de que era la Melina de Beau. 

Curiosamente, sin embargo, no fui capaz de contárselo. No pude decirle:Eh, eres tan guapa y extravagante que tienes que ser la mujer por la que  Beau perdió la cabeza. Aun así pensé en Beau y lo añoré, deseé que las cosas le fueran bien.

Melina y yo preparábamos la cena y luego los hombres se iban a trabajar. Bañábamos a los niños y salíamos al porche de atrás, fumábamos y tomábamos café, hablábamos de zapatos. Hablábamos de todos los zapatos que habían marcado nuestra vida. Los primeros mocasines, los primeros tacones altos. Plataformas plateadas. Botas que habíamos tenido. Manoletinas perfectas. Sandalias hechas a mano. Huaraches. Tacones de aguja. Mientras hablábamos, nuestros pies delcalzos se retorcían en la hierba verde y húmeda junto al porche. Ella llevaba las uñas pintadas de negro.

Me preguntó cuál era mi signo del zodiaco. Normalmente el horóscopo me irritaba, pero dejé que me revelara todos los detalles de mi personalidad Escorpio y creí hasta la última palabra. Entonces le dije que sabía leer las líneas de la mano, un poco, y estudié las suyas. Había oscurecido, así que fui a buscar una lámpara de queroseno y la puse en los escalones entre las dos. Sostuve sus manos blancas a la luz de la lámpara y de la luna, y recordé lo que Beau había dicho de su piel. Era como tocar vidrio frío, plata.

Me sé el manual de quiromancia de Cheiro de memoria. He leído cientos de manos. Si digo esto es para que quede claro que realmente mencioné las cosas que veía en las líneas y los resaltos de sus manos. Pero más que nada le dije todo lo que Beau me había contado de ella.

Me da vergüenza reconocer por qué lo hice. Estaba celosa de ella. Era tan deslumbrante...No es que hiciera nada en especial, deslumbraba por ser como era. Yo sólo quería impresionarla.

Le  conté la historia de su vida. Le hablé de los terribles padres adoptivos, de cómo la protegió Paco. Dije cosas como :"Veo a un hombre. Un hombre atractivo. Peligro. Tú no estás en peligro, es él quien lo está. ¿Un piloto de carreras, un torero, quizá?".Joder, dijo ella, nadie sabía lo del torero.
Beau me había contado que una vez le acarició el pelo y le dijo: "Todo irá bien...", y ella se echó a llorar. Le dije que ella nunca lloraba, jamás, ni siquiera cuando estaba triste o furiosa, pero que si alguien la trataba con ternura y le acariciaba el pelo, y le decía que no se preocupara, quizá eso le haría llorar.

Prefiero no contar nada más. Me da vergüenza. sólo diré que mis palabras tuvieron exactamente el efecto deseado. Se quedo allí sentada, mirándose sus preciosas manos y susurró:"Eres una hechicera. Eres mágica".
Pasamos una semana maravillosa. Fuimos juntos a los bailes criollos y subimos hasta el parque nacional de Bandelier y el pueblo de Acoma. Nos sentamos en las cuevas rupestres de Sandía. Nos sumergimos en los baños termales cerca de Taos y fuimos al santuario de Chimayó. Un par de noches incluso pagamos a una niñera para que Melina y yo pudiéramos ir al club. La música fue formidable.
-Me lo he pasado estupendamente esta semana -le dije.
-Yo siempre me lo paso estupendamente -dijo ella, sin más.

La casa se quedó muy silenciosa cuando se marcharon. Me desperté, como de costumbre, cuando David volvió a casa. Estuve a punto de confesarle la farsa de la quiromancia, me alegro de no haberlo hecho.Estábamos tumbados en la cama a oscuras cuando me dijo:
-Era ella.
-¿Quién?
-Melina. Ella era la mujer desnuda de la hierba.

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16 julio, 2017

BUKOWSKI Bilingüe



En  2014  los libros más robados en EE.UU., fueron  los de  Charles Bukowski, tanto los libros en prosa como, más llamativo, sus libros de poesía. No se tienen datos posteriores.

"as long as there are/human beings about/there is never going to be/any peace/for any individual/upon this earth (or/anywhere else/they might/escape to.)" 
"mientras siga habiendo/seres humanos por ahí/no podrá jamás estar/ en paz/ningún individuo/sobre la tierra (ni/ en ningún otro sitio/ al que pudiera/escapar)".

                                                                       

millonaires

you
no faces
no faces
at all
laughing at nothing-
let me tell you
I have drunk in skid row rooms with
imbecile winos
whose cause was better
whose eyes still held some light
whose voices retained some sensibility,
and when the morning came
we were sick but nor ill,
poor but not deluded,
and we stretched in our beds and rose
in the late afternoons
like millionaires.
millonarios/vosotros/ los sin rostro/ sin rostro/ ninguno/ que os reís de nada-/ dejadme que os diga/ que he bebido en cuartuchos de arrabal con/ borrachines imbéciles/ cuya causa era mejor/cuyos ojos conservaban todavía algo de luz/ cuyas voces retenían cierta sensibilidad/ y cuando amanecía/ nos sentíamos mal pero no enfermos,/ pobres pero no engañados,/ y nos estirábamos en la cama y nos levantábamos a media tarde/ como millonarios. 


one for Sherwood Anderson

sometimes I forget about him and his peculiar
innocence, almost idiotic,awkward and mawkish,
he liked walking over bridges and through cornfields.
tonight I think about him, they way the lines were,
one felt space between his lines, air
and the told it so the lines, remained
carver there
something like van Gogh.
he took his time
looking about
sometimes running to save something
leaving everything to save something,
then at other times giving it all away.
he didn't understand Hemingway's neon tattoo,
found Faulkner much too clever.
he was a midwestern hick
he took his time
he was as far away from Fitzgerald as he was
from Paris.
he told stories and left the meaning open
and sometimes he told meaningless stories
because that was the way it was.
he told the same story again and again
and he never wrote a story that was unreadable.
and nobody ever talks about his life or
his death.
uno para Sherwood Anderson//a veces me olvido de él y su peculiar/ inocencia, casi idiota, torpe y empalagoso,/ le gustaba cruzar puentes y atravesar trigales,/ uno sentía espacio entre sus frases, aire/ y relataba de tal modo que las frases se quedaban/ grabadas/ algo así como van Gogh./se tomaba su tiempo/ para mirar lo que le rodeaba/ a veces corría a salvar algo,/ y otras veces lo regalaba todo./ no entendía el tatuaje de neón de Hemingway,/Faulkner le parecía demasiado listo./era un paleto del Medio Oeste/ se tomaba su tiempo./ estaba tan lejos de Fitzgerald como lo estaba/ de París./contaba historias y dejaba el significado abierto/ y a veces contaba historias insignificantes/ porque así es como era./ contó la misma historia una y otra vez/ y nunca escribió una historia intragable./ y nadie habla nunca de su vida ni de/ su muerte.
                 
there

the conterfielder
turns
rushes back
reaches up his glove
and
snares the
ball,
we are all him for
that moment, 
sucking the air
into our
gut.
as the crowd roars like
crazy
we rifle the ball back
through the
miraculous
air.
ahí//el centrocampista/ se gira/ vuelve a la carrera/ alza el guante/y/ atrapa la/ pelota,/todos somos él en/ ese momento,/ cogiendo aire/ hasta el/ estómago./mientras el público ruge como/ loco/ lanzamos la pelota otra vez/ por el/ aire/ milagroso.

a great writer

a great writer remains in bed
shades down
doesn't want to see anyone
doesn't want to write anymore
doesn't want to try anymore, 
the editors and publishers wonder:
some say he's insane
some say he's dead;
his wife now answers all the mail: 
"...he does not wish to..."
and some others evens walk up and down
outside his house,
look at the pulled-down
shades
some even go up and ring the
bell.
nobody answers.
the great writer does not want to be
disturbed. perhaps the great writer is not
in? perhaps the great writer has gone
away?

but they all want to know the truth,
to hear his voice, to be told some good
reason for it all.

if he has a reason
he does not, reveal it.
perhaps there isn't any
reason?

strange and disturbing arrangements are
made; his books and paintings are quietly
auctioned off;
no new work has appeared now for
years.

yet his public won't accept his
silence-
if he is dead
they want to know, if he is
insane they want to know, if he has a
reason, please tell us!

they walk past his house
write letters
ring the bell
they cannot understand and will not
accept
the way things are.

I rather like
it.
un gran escritor//un gran escritor se queda en la cama/ con las persianas bajadas/ no quiere ver a nadie/ no quiere escribir más/ no quiere intentarlo ya más;/ críticos y editores especulan: unos dicen que está loco/ otros dicen que está muerto;/ su mujer atiende ahora la correspondencia:/"...él no desea que..."/ y otros hasta se pasean por/ delante de su casa, / miran las persianas/ bajadas;/ los hay incluso que llegan a tocar el/ timbre./ nadie contesta./ el gran escritor no quiere lo/ molesten.¿será que el gran escritor no está/ en casa? ¿será que el gran escritor se ha/ marchado?//pero todos quieren saber la verdad,/ oír su voz, que les de una buena/ razón para todo esto.// si tiene alguna razón/ no la revela./¿será que no hay ninguna/ razón?//se hacen extrañas y turbadoras/ componendas; sus libros y cuadros salen a / discreta subasta;/ no ha aparecido obra nueva desde hace/ años.//más su público no acepta el/ silencio-/si está muerto/ quieren saberlo; si existe alguna/ razón, ¡que lo diga , por favor!//pasan por delante de su casa/ escriben cartas/ llaman al timbre/ no pueden entender y no van a/ aceptar/ las cosas como son.//yo lo disfruto/ bastante.


Charles Bukowski, The pleasures of the damned, poems 1951-1993,Harper Collins Publishers
(versión en español de Ciro Arbós, en la edición -no bilingüe- de Visor.)


05 julio, 2017

Octavio Paz y sus versos como Elegía






TOTALIDAD Y FRAGMENTO
                                                 A José Luis Cuevas 

 En hojas sueltas
arrancadas cada hora
hoja suelta cada hora
José Luis
traza un pueblo de líneas
iconografías del sismo
grieta vértigo tremedal
arquitecturas
en ebullición demolición transfiguración
sobre la hoja
contra la hoja
desgarra acribilla pincha sollama atiza
acuchilla apuñala traspasa abrasa calcina
pluma lápiz pincel
fusta vitriolo escorpión
conmemora condecora
frente pecho nalgas
inscribe el santo y seña
el sino
el sí y el no de cada día
su error su errar su horror
su furia bufa
su bofa historia
su risa
rezo de posesa fitonisa
la filfa el fimo el figo
el hipo el hilo el filo
desfile baboso de bobos bubosos
tarántula tarantela
tarambana atarantada
teje trama entrelaza
líneas
sinos
un pueblo
una tribu de líneas
vengativo ideograma
cada hora
una hoja
cada hoja
página del juicio final
de cada hora
sin fin
fragmento total
que nunca acaba
José Luis dibuja
en cada hoja de cada hora
una risa
como un aullido
desde el fondo del tiempo
desde el fondo del niño
cada día
José Luis dibuja nuestra herida.






                                               

El País, 4julio2017,Adiós a José Luis Cuevas                         

-Muere el artista mexicano José Luis Cuevas


ABC, 5julio2017,México llora la muerte de José Luis Cuevas




03 febrero, 2017

F. Scott Fitzgerald, su versión, "Financiando a Finnegan"






"Me parece  que corregir significa, en este caso [ se refiere a Suave es la noche] suprimir la parte más floja del libro, luego la segunda más floja, y así sucesivamente".Carta de Scott Fitzgerald a  Max Perkins, 1934
"Lo único que tenemos los tres en común como escritores es el hecho de intentar de vez en cuando, en nuestras novelas y relatos, recrear con exactitud un tiempo y un ambiente determinados fijándonos en las personas más que en las cosas: lo que Wordsworth trató de hacer y  lo que Keats hizo con una facilidad admirable; rememorar en la madurez, una experiencia profunda".
                     Referencia a Hemingway,Wolfe y él mismo.
                        Cartas de Fitzgerald a Max Perkins, 1934
"La idea[...] que saqué del prólogo de Conrad a "El negro del Narciso",[...] es que  el propósito de una obra narrativa es dejar una impresión duradera en el ánimo del lector,..."
Carta de Fitzgerald a Ernest Hemingway,1934
                            

Maxwell Perkins fue un editor de genio con un don especial para descubrir escritores (caso de Fitzgerald en 1914), ayudarles a estructurar las obras (su severidad con  Wolf, fue decisiva para convertir en literatura una creatividad arrolladora pero caótica),encontrar títulos, prestarles dinero...  
Hemingway le conoció en 1924 por medio de Fitzgerald y en 1958 le confesaba a George Plimpton: "... le tenía tanto afecto a Max Perkins, que nunca he podido aceptar la idea de que esté muerto. Él  nunca me pidió que cambiase nada de lo que yo había escrito, excepto que eliminara ciertas palabras que en ese entonces no eran publicables"
La película El editor de libros habla de  la relación profesional de Max Perkins con los  escritores Thomas Wolfe, Hemingway  y Fitzgerald, aunque se centre en Wolfe.  La película  ha sido valorada con tibieza por la crítica  pero a muchos espectadores les ha parecido interesante  y muy buenas las interpretaciones de Colin Firth y Jude Law. 
En Financiando a Finnegan, Scott Fitzgerald consigue uno de sus cuentos memorables manteniendo el  pulso narrativo con emoción afinada, ironía, humor  y, a     veces, acentos demasiado íntimos ("le pedí a Dios poder escribir así")para no ser autobiográficos. Habla sobre  agentes literarios, editores, escritores y tal vez sobre Perkins,  Tom Wolfe,   Hemingway...y  sí mismo.



                                               FINANCIANDO A FINNEGAN



Finnegan y yo tenemos el mismo agente literario para que venda nuestros libros, pero, aunque he estado muchas veces en el despacho del señor Cannon, inmediatamente antes o inmediatamente después de las visitas de Finnegan, nunca he coincidido con él. También teníamos el mismo editor y muchas veces, cuando yo llegaba a la editorial, Finnegan acababa de irse.Yo deducía -por los suspiros y la forma meditabunda con que hablaban de él:"Ah, Finnegan...", "Ah, sí, Finnegan ha estado aquí"- que la visita del ilustre escritor no había transcurrido sin incidentes. Ciertos comentarios daban a entender que, al irse, se había llevado algo: manuscritos, pensaba yo, algunas de sus grandes novelas de éxito. Se lo llevaba para someterlo a una revisión final, para la revisión definitiva, y se decía que escribía diez versiones para conseguir la fluidez fácil, la agudeza de ingenio que caracterizaba sus obras.Sólo con el tiempo llegué a descubrir que la mayoría de las visitas de Finnegan eran por asuntos de dinero.
-Lamento que se vaya -me decía el señor Cannon-;Finnegan viene mañana- y tras reflexionar unos segundos, añadió-:Seguramente tendré que dedicarle un momento.
No sé qué había en su voz que me recordaba la conversación con un director de banco, presa de los nervios, que acababa de enterarse de la presencia de Dillinger en la región. Tenía la mirada perdida y hablaba solo.-Claro, que puede traer un manuscrito. Está trabajando en una novela, ¿sabe? Y también en una obra de teatro.
Hablaba como si estuviera refiriéndose a algunos interesantes pero remotos acontecimientos del Cinquecento; pero en sus ojos apareció una sombra de esperanza cuando añadió:-O a lo mejor trae un cuento.-Es muy versátil, ¿no? -dije.-Ah, sí -el señor Cannon repuso-. Es capaz de escribir cualquier cosa...,cualquier cosa cuando se lo propone. su talento es incomparable.-No he leído casi nada suyo últimamente.-Pero está trabajando mucho. algunas revistas tienen cuentos suyos, aunque no los publican.-¿No los publican? ¿Por qué?-Ah, están esperando un momento más propicio...Una subida de la cotización. Les gusta saber que tiene algo de Finnegan.
Su nombre era una verdadera mina de oro. El inicio de su carrera había sido brillantísimo, y, si no había conseguido mantener aquel elevado nivel, por lo menos volvía a empezar brillantemente cada cierto número de años.Era la eterna promesa de la literatura norteamericana; y lo que podía hacer con las palabras era sorprendente: las palabras resplandecían, chispeaban;  escribía frases, párrafos, capítulos que eran obras maestras por  su admirable urdimbre y textura verbal. Sólo cuando conocí a un pobre diablo, guionista de cine, que había intentado extraer un relato con lógica de una de sus novelas, me di cuenta de que Finnegan tenía enemigos.
-Es maravillosos cuando la lees -decía aquel hombre con cierta desazón-, pero resumirla con claridad es como pasar una semana en un manicomio.
Cuando salí del despacho del señor Cannon fui a mi editorial, en la Quinta Avenida , y también allí me dijeron inmediatamente que esperaban a Finnegan al día siguiente.
Proyectaba una sombra tan poderosa que el almuerzo en que yo esperaba que habláramos de mi obra  estuvo dedicado en su mayor parte a Finnegan. Y volví a tener la sensación de que mi anfitrión, el señor George Jaggers, hablaba solo, en lugar de hablar conmigo.-Finnegan es un gran escritor -dijo.-Indudablemente.-Y es todo un caballero, ¿sabe?Como yo no lo había cuestionado, pregunté si había alguna duda al respecto.-Ah, no -se apresuró a  decir-. Es que como ha tenido últimamente esa racha de mala suerte...Asentí con la cabeza, con aire comprensivo.-Ya lo sé. Tirarse a una piscina medio vacía fue un auténtico mal paso.-No, no estaba medio vacía. Estaba llena de agua. Llena hasta el borde. Debería oír como lo cuenta Finnegan. Es para morirse de risa. Parece que estaba un poco decaído y sólo se atrevía a saltar desde el borde de la piscina, ya sabe...-el señor Jaggers señaló hacia la mesa con el tenedor y el cuchillo-. Y entonces vio a unas chicas que se tiraban desde el trampolín de cinco metros. Finnegan dice que se acordó de su juventud perdida, y subió al trampolín decidido a imitar a las nadadoras e hizo el salto del ángel y se rompió la clavícula cuando todavía estaba en el aire -me miró con impaciencia-.¿Es que no ha oído hablar de casos así? ¿No ha oído hablar de cómo se lesionan el brazo los jugadores de béisbol?
                 
En aquel momento no se me ocurría nada  que se le pareciera a aquel caso ortopédico.-Y entonces -continuó como si hablara ne sueños- Finnegas tuvo que escribir en el techo.-¿En el techo?-Prácticamente,sí.No dejó de escribir: al tipo le sobran agallas, aunque usted no lo crea.Hizo que le construyeran y colgaran del techo no sé qué aparato, y sin levantarse de la cama, escribía en el aire.Tuve que reconocer que había sido una solución valiente.-¿Y afectó a su obra? -pregunté-. ¿no tuvieron ustedes que leer sus cuentos al revés como en chino?-Eran más bien confusos, sí,durante algún tiempo -admitió-, pero ya se ha recuperado. He recibido ya varias cartas suyas donde ya se adivina al Finnegas de siempre: rebosante de vida y esperanza y proyectos para el futuro...Recuperó la mirada perdida y yo encaucé la conversación hacia asuntos que me interesaban más. Sólo cuando regresamos a su oficina volvió a surgir el tema, y me sonroja escribir esto porque debo confesar algo que no suelo hacer: leer los telegramas ajenos.Pero entretuvieron al señor Jaggers en el vestíbulo y, cuando entré en su despacho y me senté, me encontré el telegrama delante, abierto.
CON CINCUENTA PODRÍA AL MENOS PAGAR MECANÓGRAFA CORTARME EL PELO Y COMPRAR LÁPICES VIVIR ASÍ ES IMPOSIBLE SÓLO EXISTO PORQUE SUEÑO CON BUENAS NOTICIAS DESESPERADAMENTE FINNEGAS.
No podía creer lo que veían mis ojos: cincuenta dólares, y , según me constaba, el precio de un cuento de Finnegan rondaba los tres mil dólares. George Jaggers me encontró todavía aturdido, con la mirada clavada en el telegrama. Lo leyó y clavó la mirada en mí, destrozado.
-No veo, en conciencia, manera de mandárselos -dijo.Me sorprendió y miré a mi alrededor para cerciorarme de que estaba en la próspera editorial de Nueva York. Y entonces comprendí:había interpretado mal el telegrama. Finnegas pedía un anticipo de cincuenta mil dólares: una petición que, al margen del escritor que la hiciera,hubiera asombrado a cualquier editor.-Hace menos de una semana -dijo el desconsolado señor Jaggers- le mandé cien dólares.Todos los años nos pone en números rojos, y yo no me atrevo a decírselo a mis socios. Le mando el dinero de mi bolsillo, lo que iba a gastar en un traje y unos zapatos.-¿Me está diciendo que Finnegas está en la ruina?-¡En la ruina! -me miró y se echó a reír silenciosamente. La verdad es que no me gustó precisamente cómo se reía. Mi hermano tuvo una crisis nerviosa. Se serenó-:No dirá una palabra de esto, ¿de acuerdo? La verdad es que Finnegan ha sufrido un bajón, ha recibido golpe tras golpe durante los últimos cinco años, pero está saliendo adelante y sé que recuperare os hasta el último billete que le hemos...-buscaba qué palabra podía emplear, hasta que por fin se escapó-...le hemos dado.Esta vez fue el señor Jaggens el que se apresuró a cambiar de tema.No quiero dar la impresión de que los problemas de Finnegan acapararon mi atención durante toda la semana que pasé en Nueva York: era inevitable, sin embargo, que,al pasar mucho tiempo en las oficinas de mi agente y mi editor, no dejaran de salirme al paso. Por ejemplo, dos días después, al usar el teléfono en el despacho del señor Cannon, por casualidad, por una interferencia, oí la conversación que en aquel momento mantenía con George Jaggens. Pero quiero aclarar que sólo fui un espía a medias, porque sólo llegué a oír el fina de la conversación, lo que no es tan grave como oírla toda.-Por lo menos me ha dado la impresión de que goza de buena salud...Me dijo algo acerca del corazón hace unos meses, pero me ha parecido entender que ya está mejor...Sí, me ha dicho algo de una operación que necesita hacerse. creo que me ha dicho que era cáncer...Bueno, me han dado ganas de decirle que yo también tengo pendiente una pequeña operación, y que ya me hubiera operado si pudiera permitírmelo...No, no le he dicho eso. Parece que anda mejor de ánimo y hubiera sido imperdonable desmoralizarlo. Hoy va a empezar a escribir un cuento. Me ha leído un poco por teléfono...-...Le he dado veinticinco porque me ha cogido sin nada en los bolsillos...Ah, sí, estoy seguro de que ahora está estupendamente. Parece que tiene ganas de trabajar.Y entonces entendí todo. Aquellos dos e habían conjurado para animarse mutuamente en todo lo que se refería a Finnegan. Habísn invertido en él, en su futuro., una suma tan considerable que Finnegan les pertenecía. No podían permitir que nadie dijera una palabra en su contra, ni siquiera ellos mismos.       

                       II
                              Le dije al señor Cannon lo que pensaba.-Si ese Finnegan es un embustero, no deben seguir dándole dinero indefinidamente. Si está acabado, está acabado, y no hay nada que hacer. Es absurdo que usted no pueda ni siquiera operarse mientras Finnegan va por ahí tirándose a piscinas medio vacías.                                                   
-Estaba llena -dijo el señor Cannon con paciencia-.Llena hasta el borde.
-Bueno, llena o vacía, ese tipo me parece un desastre.-Mire -dijo Cannon-, estoy esperando una llamada de Hollywood. ¿Por qué no le echa mientras un vistazo a esto? -dejó caer un manuscrito sobre mis piernas-. Quizá le ayude a comprender. Nos lo mandó ayer.
Era un relato breve. Lo empecé con escepticismo, pero antes de que hubieran pasado cinco minutos, me había absorbido por completo, fascinado y convencido totalmente, y le pedí a Dios poder escribir así.Cuando Cannon terminó de hablar por teléfono, tuvo que esperar a que terminara de leerlo, y cuando lo hice, había lágrimas en estos ojos viejos y profesionales.Cualquier revista del país hubiera publicado aquel cuento en la mejor página, en cualquier número.   Pero nadie había negado jamás que Finnegan supiera escribir.
                                III
Pasé meses sin volver a Nueva York y cuando lo hice, al menos en lo que concernía a las oficinas de mi agente literario y mi editor, aterricé en un mundo más tranquilo y estable. Por fin había tiempo para hablar de mis concienzudos aunque poco inspirados intentos literarios, para que el señor Cannon me invitara a su casa de campo y para matar las tardes de verano en compañía de George Jaggers allí donde la luz de las estrellas de Nueva York, la ciudad vertical, cae como lentos relámpagos sobre las terrazas de los restaurantes. Me daba lo mismo que Finnegan estuviera en el Polo Norte o en..., pero casualmente estaba en el Polo Norte. Lo acompañaba una verdadera expedición, entre la que se contaban tres antropólogas de la niversidad de Bryn Mawr,y parecía que iba a recoger muchísimos materiales. Pasarían en el Polo varios meses, y si la cosa me sonaba a una prometedora fiestorra en familia, seguramente se debía a mi temperamento cínico y envidioso.-Estamos encantados -dijo Cannon-. Para él es un don de Dios. Finnegan ya no podía más, y lo que le hacía falta era precisamente...-Hielo y nieve -completé la frase.-Sí, hielo y nieve. Lo último que dijo fue característico de él: lo que escriba será de un blanco purísimo y despedirá un brillo cegador.-Me figuro que será a sí. Pero, dígame ¿quién lo financia? La última vez que estuve aquí me pareció entender que Finnegan era insolvente.-Ah,en ese sentido se ha portado muy bien. Me debía algún dinero, y creo que a George Jaggers también le debía algo...-el viejo hipócrita creía: lo sabía perfectamente-.Así que, antes de irse,nos hizo beneficiarios de la mayor parte de su seguro de vida. Por si se da el caso de que no vuelva...Estos viajes son siempre peligrosos.-Ya lo creo -dije-, sobre todo si vas con tres antropólogas.-De modo que Jaggers y yo tenemos la espalda bien cubierta en caso de que ocurra algo.Así de simple.-¿Fue la compañía de seguros la que financió la expedición?Se alteró visiblemente.-Ah, no. La verdad es que cuando supieron la razón del seguro de vida se inquietaron un poco. George Jaggers y yo estábamos de acuerdo en que, puesto que tenía un proyecto serio del que al final saldría un libro, estaba justificado que siguiéramos respaldándolo un poco más.-No lo entiendo -dije terminantemente.-¿No? -sus ojos volvieron a reflejar preocupación-. Bueno, tengo que admitir que hemos dudado. Reconozco, de entrada,que es un error.Yo solía anticipar a los escritores pequeñas sumas de vez en cuando, pero últimamente he tomado por norma inviolable no hacerlo. Sólo en dos ocasiones no me he atenido a este principio durante los últimos dos años, y fue por una escritora que estaba pasando un mal momento: Margareth Trahill.¿La conoce? A propósito: fue novia de Finnegan.-Recuerde que ni siquiera conozco a Finnegan-Ah, sí. Tengo que presentárselo cuando vuelva...Si vuelve. Le caerá bien: es absolutamente encantador.
                                                   
Volví a irme de Nueva York, rumbo a mis Polos Norte imaginarios, mientras el año seguía corriendo a través del verano y el otoño. Cuando llegaron los primeros fríos de noviembre me acordé de la expedición de Finnegan con una especie de estremecimiento y cierta envidia del hombre que se fue. Conseguiría algún botín, literario o antropológico, que traería consigo cuando regresara. Y entonces, cuando ni siquiera llevaba tres días en Nueva York, leí en el periódico que Finnegan y algunos miembros de la expedición se habían perdido en una tormenta de nieve después de agotar la reserva de víveres, y que  el Ártico había exigido un nuevo sacrificio humano.
Lo sentí por él,pero con el suficiente sentido práctico como para alegrarme de que Cannon y Jaggers se hubiera cubierto las espaldas.Claro que, puesto que Finnegan apenas empezaba a enfriarse -si la comparación no es demasiado horrenda-,no hablaban sobre el asunto, pero me figuré que la compañía de seguros había renunciado al habeas corpus, o como se llame en su jerga, parecía bastante claro que el editor y el agente literario cobrarían la prima.
El hijo de Finnegan, un joven bien parecido, se presentó en la oficina de George Jaggers cuando yo estaba allí, y por él pude adivinar algo del encanto de Finnegan: una franqueza tímida y la impresión de que se desarrollaba en su interior una terrible batalla valiente y silenciosa, de la que no se atrevía a hablar, pero que se transparentaba, como vehementes relámpagos, en su obra.-El chico también escribe bien -dijo George cuando se fue el hijo de Finnegan-.Nos ha traído algunos poemas notables. Todavía no está a la altura del padre, pero es una promesa segura.-¿Puedo leer algo suyo?-Por supuesto. Aquí hay un poema que no sacaba de dejar.George cogió un papel de la mesa de despacho, lo desdobló y se aclaró la garganta. Entonces bizqueó, casi cerró los ojos y se hundió un poco en el sillón.-Querido señor Jaggers -comenzó a leer-, no me he atrevido a pedírselo en persona...Jaggers se detuvo, aunque sus ojos seguían leyendo rápidamente.-¿Cuánto quiere?-pregunté-Suspiró.-Creía que era uno de sus poemas -dijo en tono afligido.-Y lo es -traté de consolarlo-.Aunque es evidente que todavía no está a la altura de su padre.
Más tarde me arrepentí de haber dicho esto, pues al fin y al cabo Finnegan había pagado sus deudas, y era agradable seguir vivo ahora que los buenos tiempos volvían y los libros habían dejado de ser considerados un lujo innecesario.Muchos escritores que yo conocía,y que habían pasado terribles apuros durante la Depresión, ahora estaban haciendo los viajes que habían aplazado durante años, o liquidando sus hipotecas, o publicando ese tipo de obras perfectamente terminadas que sólo son posibles si se dispone de un poco de tiempo y cierta seguridad.Yo acababa de cobrar un anticipo de mil dólares por una aventura en Hollywood y estaba a punto de emprender el vuelo con toda la energía de los viejos tiempos de vacas gordas. Cuando fui a despedirme de Cannon y a recoger el dinero, fue una alegría descubrir que también él estaba aprovechando la ocasión: quería que lo acompañara a ver una lancha motora que iba a comprarse.Pero uno de esos asuntos que se presentan siempre a última hora lo entretuvo, y yo perdí la paciencia y decidí largarme. Nadie me respondió cuando llamé a la puerta del santuario de Cannon, así que entré.En el despacho parecía reinar cierta confusión. El señor Cannon atendía varios teléfonos a la vez y dictaba a una taquígrafa algo sobre una compañía de seguros. Una de las secretarias se apresuraba a ponerse el abrigo y el sombrero como si fuera a salir a hacer un encargo y otra contaba el dinero suelto que tenía en el monedero.
-Será sólo un minuto -dijo Cannon-. Es uno de los típicos líos de oficina. Usted todavía no había visto ninguno.-¿Es por el seguro de Finnegan? -no pude evitar la pregunta-.¿No es válido?-¿Su seguro? Ah, sí, está perfectamente en regla, perfectamente.Sólo estamos reuniendo doscientos o trescientos dólares. Los bancos están cerrados y estamos intentando reunirlos entre todos.-Tengo aquí el dinero que usted acaba de darme -dije-.No lo necesito todo para volver a California -saqué rápidamente doscientos dólares-. ¿Es bastante?-Claro que sí: esto nos soluciona el problema. No se preocupe, señorita Carlsen. Señora Mapes, ya no es necesario que salga.-Bueno, yo también me voy -dije.-Espere un par de minutos -me rogó-.Sólo me queda contestar este telegrama. Son noticias verdaderamente espléndidas. De las que te suben la moral.
Era un telegrama procedente de Oslo, Noruega, y antes de empezar a leerlo tuve un presentimiento.
MILAGROSAMENTE SANO Y SALVO AQUÍ PERO RETENIDO POR AUTORIDADES RUEGO ENVIAR TELEGRÁFICAMENTE DINERO Y PASAJES PARA CUATRO PERSONAS MÁS DOSCIENTOS EXTRA A CUENTA ANTICIPO DE VUELTA MANDO ENTRAÑABLES SALUDOS DEL DIFUNTO FINNEGAN
-Sí, es espléndido -asentí-.Ahora sí que tiene una buena historia que contar.-Eso parece -dijo Cannon-.Señorita Carlsen, póngales un telegrama a los padres de esas chicas. Y sería conveniente que informara al señor Jaggers.
Y minutos después, mientras caminábamos por la calle, me di cuenta de que el señor Cannon, como anonadado por la noticia maravillosa, se había sumido en oscuras cavilaciones: no quise molestarlo, pues a fin de cuentas yo no conocía a Finnegan y no podía compartir plenamente la alegría del señor Cannon. su mutismo se prolongó hacia la puerta de la exposición de lanchas motoras. Se detuvo bajo el letrero y lo miró, como si sólo entonces se hubiera dado cuenta de adónde íbamos.-¡Caramba!-dijo, retrocediendo-.Ya no tiene ningún sentido entrar ahí. Pensábamos que íbamos a tomar una copa.Nos la tomamos.El señor Cannon seguía ligeramente ido, como bajo el hechizo de la gran sorpresa. Rebuscó tanto en sus bolsillos para encontrar dinero con que pagar su ronda, que insistí en que aquella invitación también era mía.
Creo que aquel día estaba verdaderamente aturdido, porque a pesar de ser un hombre meticuloso, casi puntilloso, los doscientos dólares que le di en su despacho jamás han aparecido en las cuentas y liquidaciones que me manda. Pero supongo que alguna vez los recuperaré, pues alguna vez Finnegan conseguirá escribir algo y sé que el público recibirá fervorosamente lo que Finnegan escriba.Últimamente me ha dado por investigar algunas de las historias que se cuentan sobre él y he descubierto que la mayoría son falsas como las de la piscina vacía. La piscina estaba llena hasta el borde.
Hasta el momento sólo ha aparecido un breve relato sobre la expedición polar, un cuento de amor:quizá el tema no era tan interesante como Finnegan esperaba. Pero la industria del cine se ha interesado por Finnegan: si consiguen controlarlo, y no tengo por qué pensar lo contrario, sobrevivirá. Le vendrá bien.


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F.Scott Fitzgerald, Cuentos reunidos, Alfaguara, 2010F.Scott Fitzgerald, Sobre la escritura,AlbaThe Paris Review, Hablan los escritores, Kairós.