06 noviembre, 2010

AI WEIWEI & sus 100 millones de semillas de girasol de porcelana hechas a mano y pintadas una a una

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El tiburón en formol de Damien Hirst se ha convertido en una metáfora  de la extravagancia y la ocurrencia estética que tanto abundan en el arte contemporáneo; en el no contemporáneo ya el paso del tiempo ha hecho la limpieza que equivale  al olvido. Las fronteras de lo qué es arte se han dilatado tanto que se han roto y por los flancos abiertos se han podido colar todo tipo de excentricidades capaces de épater le bourgeois y que muchas veces se aceptan sin atreverse a insinuar que el rey tal vez esté desnudo.


Galeristas , museos, organizadores de eventos artísticos y a veces críticos, han contribuido a ello; porque el mercado del arte mueve millones, no hay más que ver los periódicos de hace pocos días con las últimas cotizaciones de Modigliani y Juan Gris disparadas a pesar de la crisis, o por ella porque los consagrados se consideran valores seguros.

Muchas de las pretendidas obras de arte actuales -en todo tipo de soporte- son genialoides más que geniales y no pasarán la criba del tiempo; aunque ,mientras tanto ,algunos osados tengan su cuarto de hora de gloria que diría Andy Warhol y puedan ser premiados por jurados de criterio líquido o gaseoso, e incluso los premiados se permitan rechazar el premio, ha sucedido recientemente, como supremo gesto antisistema con la consiguiente repercusión publicitaria tan apreciada por el mismo sistema y la correspondiente  subida de cotización. Actualmente casi todo es mercado y sólo el resto puede ser o no arte.

El arte conceptual parece admitirlo todo: pensamiento visual; una idea, pero ¿qué idea? y  ¿cómo plasmarla plásticamente para que agite al espectador como emoción estética? ; de cómo se resuelva depende que la obra caiga del lado del arte o del de la simple basura artística. Algunas obras , las menos de todo lo que se ofrece cada minuto en cada metro cuadrado del planeta, permanecerán y no será sólo por su valor conceptual sino y sobre todo por su valor  poético; porque emitan la energía capaz de activar  sensaciones y atravesar la piel hasta producir emociones verdaderas de origen estético y  las obras de Ai Weiwei sí parecen pertenecer a esa privilegiada minoría.





de hoy, 6 de noviembre trae una noticia (p.4) y un artículo (p.29) dedicados a Ai Weiwei. La noticia es la sorprendente detención del artista por las autoridades chinas; el artículo del arquitecto y editor Luis Fernández Galiano. Primero va la noticia,que se ha producido, es razonable pensarlo, después de estar escrito el artículo, luego el comentario sobre el arte que practica Weiwei y el simbolismo político de su instalación en la Tate de Londres. Esas pipas de girasol todas iguales y todas distintas desbordan la referencia a China para convertirse en comparación exacta de todos los seres humanos.

Nido de pájaro, el estadio para los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008  diseñado por el arquitecto y activista chino Ai Wei Wei junto con los suizos Herzog y de Meuron.


I.- El artista disidente chino Ai Weiwei, bajo arresto domiciliario AGENCIAS - Pekín / Oslo - 05/11/2010

El renombrado artista chino Ai Weiwei recibió ayer una orden de arresto domiciliario un día después de anunciar la organización de una cangrejada el próximo domingo en Shanghái para celebrar la demolición de su estudio en la capital económica del país. El mismo Ai lo anunció en un mensaje en la red social Twitter en el que explicaba que la orden le impide alejarse de su casa en Pekín hasta el 7 de noviembre.

Ai, conocido entre otras cosas por ser el autor del Nido de Pájaro, el vanguardista estadio de los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008, no podrá acudir al banquete, en el que jugaba con la simbología oficial. Tenía previsto servir 10.000 cangrejos: 10.000 es un número muy utilizado en los eslóganes maoístas y la palabra china para cangrejo de río se parece a "armonía", uno de los conceptos clave de la propaganda del Partido Comunista Chino.

Las autoridades chinas ordenaron esta semana la demolición del estudio de Ai en Shanghái aduciendo que el proyecto es ilegal. El artista, que asegura que fue invitado por el Gobierno local a realizar la construcción, cree que la verdadera razón de la orden es su apoyo a los disidentes y sus críticas a la política de Pekín.

Presión de la UE
El anuncio de la detención de Ai llegó el mismo día en el que los embajadores de la Unión Europea reiteraron que, a pesar de las presiones de Pekín, participarán el 10 de diciembre en Oslo en la ceremonia en honor del disidente Liu Xiaobo. Liu, que cumple una condena de 11 años de prisión por "incitar a la subversión del poder del Estado", fue premiado con el Nobel de la Paz a principios de octubre. Según fuentes diplomáticas, el Gobierno chino envió cartas a los embajadores en Oslo advirtiéndoles de que no asistan a la ceremonia y no participen en "actividades contra China".






II.- TRIBUNA: LUIS FERNÁNDEZ-GALIANO

Semillas de porcelana

Los contrastes de la China actual, pero también los dilemas de nuestro mundo, están encapsulados en esa extensión de pipas de girasol iguales y distintas con las que Ai Weiwei ha alfombrado la Tate londinense
LUIS FERNÁNDEZ-GALIANO 06/11/2010

Ai Weiwei ha alfombrado la Tate londinense con 100 millones de pipas de girasol. Realizadas en porcelana y pintadas una a una por un ejército de 1.600 artesanos, las delicadas semillas cerámicas cubren el suelo de la gigantesca Sala de Turbinas con una gruesa capa que cruje bajo la pisada, formando un paisaje interior que es a la vez un manifiesto poético y una declaración política. El artista, arquitecto y activista chino, que diseñó con los suizos Herzog y de Meuron el estadio Nido de pájaro para los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, ha alcanzado con sus Sunflower Seeds una rara amalgama entre la excelencia estética y el compromiso ciudadano. Los contrastes de la China contemporánea, pero también los dilemas de nuestro mundo, están encapsulados en esa extensión interminable de semillas iguales y distintas.

La singularidad de estos objetos diminutos, que pese a su número inimaginable rehúyen la reproducción mecánica, remite desde luego al conflicto entre individuo y masa que, si en China se manifiesta de forma dramática, tampoco es ajeno a nuestras sociedades industriales y urbanas. Al cabo, la irritación de los dirigentes chinos con la concesión del Nobel a Liu Xiaobo traduce el desconcierto ante la celebración de una minúscula pipa de girasol que pone los derechos humanos individuales por encima del bienestar material de millones de personas, en el marco unánime del consumismo-leninismo que articula y legitima el régimen: un capitalismo de Estado que florece también en otras latitudes, de Rusia al Golfo, y al que la crisis financiera de 2008 ha otorgado una inesperada popularidad.


Vivimos aún bajo la sombra del colapso de Lehman un 15 de septiembre, y quizá sea cierto, como aventuran algunos analistas anglosajones, que esa fecha cambió el mundo más aún que el ominoso 11 de septiembre, porque si es difícil pensar en la emergencia de un califato islámico global como telón de fondo geopolítico del 11-S, no hay que forzar la imaginación para reconocer el 15-S como un punto de inflexión que señala el tránsito desde la hegemonía estadounidense hacia un planeta multipolar donde Asia se perfila como el continente del siglo XXI, y China es ya la segunda potencia económica. El Estado con más reservas de divisas y más volumen de exportaciones es también el más ambicioso comprador de empresas energéticas y de materias primas en África y América Latina, antiguos patios traseros de europeos y norteamericanos, y este auge económico alimenta la autoestima de un País del centro que nunca se ha sentido culturalmente inferior a Occidente.


Poco después del sorpasso de Japón por China en agosto de 2010 -cuando se hicieron públicos los datos del segundo trimestre del año-, y con ocasión de sendas conferencias en las universidades de Tongji y Tsinghua, dos instituciones en Shanghái y Pekín donde se forman las élites del país, he podido oír a jóvenes de ambas ciudades expresarse en casi idénticos términos: "Somos los estudiantes de la segunda potencia, y dentro de 15 años seremos los dirigentes de la primera". Ante tal aplomo, no es posible evitar el contraste con nuestros propios jóvenes, empujados por la crisis a elegir entre el estancamiento interior y una emigración que drena a España de los mejores y despilfarra los recursos empleados en su formación. No parece que estemos en situación de dar muchas lecciones macroeconómicas a China, y tampoco, me temo, de argumentar la superioridad de nuestras élites políticas democráticas respecto a las que dirigen ese país.


La instalación de Ai Weiwei evoca, con su abrumadora multiplicación de elementos, la colosal potencia demográfica de China, y a la vez evita la exaltación nacionalista al elegir como símbolo las humildes pipas de girasol, que se compartían como un gesto de solidaridad humana y de amistad "en un tiempo de extrema pobreza, represión e incertidumbre". El artista, hijo del poeta Ai Qing, pasó su infancia y primera juventud en el remoto campo de trabajo al que su padre fue deportado durante la Revolución Cultural, y él mismo emigró a los Estados Unidos en cuanto tuvo ocasión, regresando a China en 1993 tras más de una década en Nueva York. Esa experiencia biográfica está presente en una obra a la vez radicalmente china y profundamente crítica, que combina un material tan precioso y característico del país como la porcelana con la cita cáustica de los omnipresentes retratos de Mao rodeado de girasoles vueltos todos hacia su luz deslumbrante.

Si la repetición de objetos cotidianos puede entenderse en clave pop, aquí el número de ellos es tan extraordinario que aproxima la obra a la estética romántica de lo sublime, por más que el mero esfuerzo logístico de la ejecución demande la habilidad pragmática del arquitecto de grandes construcciones, como el nuevo aeropuerto proyectado por Norman Foster en Pekín, la mayor obra del planeta, que Ai Weiwei documentó minuciosamente fotografiándolo cada semana durante tres años. Las semillas de porcelana reunidas en la Tate, como cualquier objeto de ese material exquisito, requieren un proceso que consta de 30 operaciones diferentes, desde la extracción del caolín hasta el último horneado -solo la pintura exige entre tres y cinco pinceladas por cada cara, dependiendo de la destreza del artesano-, y puede suponerse el desafío, amén de la inyección económica, que el proyecto supuso para Jingdezhen, una antigua ciudad que vive aún de este arte o industria languideciente.

Cien millones, desde luego, es una cifra difícil de imaginar, y, sin embargo, Ai Weiwei subraya que es solo una cuarta parte de los usuarios chinos de Internet, a los que el artista se dirige con un blog cultural y político de amplio seguimiento -por ahora solo en chino mandarín, aunque los visitantes de la Tate pueden grabar para él vídeos en inglés- que le ha procurado diferentes problemas con el Gobierno, desde la censura experimentada por sus denuncias de las construcciones escolares deficientes que causaron la muerte de miles de niños en el terremoto de Sichuan hasta las agresiones físicas y la videovigilancia de su casa y estudio en Pekín (esta misma semana, la policía ha demolido el que tenía en Shanghái). Pero la Red y los nuevos medios son el territorio donde se desarrolla hoy el diálogo artístico y político, y si Hu Jintao o Wen Jiabao invitan a la población a escribirles e-mails y celebran chats en la Red, Ai Weiwei instala en el pabellón danés de la Expo de Shanghái una cámara idéntica a la que vigila su casa para transmitir a Copenhague imágenes de la Sirenita provisionalmente ausente y de sus visitantes, que de vez en cuando aprovechan ese canal abierto con Occidente para hacer llegar mensajes disidentes.


Artesanal y masiva, la instalación de la Tate juega también con el equívoco de lo falso, que por tantos motivos asociamos con el oceánico comercio chino de réplicas y copias, aunque aquí invertido, porque lo que semeja una ínfima pipa de girasol es de hecho un exacto objeto de refinada porcelana. La realidad del país es precisamente la opuesta, inundado como está de reproducciones ilegales y baratas de productos occidentales, en un mercado próspero y dinámico que se sitúa al margen de la propiedad intelectual, y que no excluye revistas de arquitectura como las que yo mismo edito, traducidas al chino y vendidas en puestos callejeros de los campus universitarios por un precio muy inferior al que tienen en España. En eso también nos ganan, y a esa realidad fascinante y contradictoria remiten igualmente los 100 millones de falsas semillas de girasol de Ai Weiwei en Londres, donde las autoridades sanitarias han prohibido que se sigan pisando para no exponer a los visitantes al polvo que se desprende. El Gran Hermano cuida de nosotros, véanla en la Red.


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