02 diciembre, 2015

Un cuento para The New Yorker






La revista The New Yorker apareció en 1925 y desde el principio colaboraron en ella los mejores escritores:Truman Capote,John Cheever,J.D.Sanlinger...y entre las firmas femeninas, también de especial calidad, la incisiva,sarcástica, y afilada humorista y sólo aparentemente, frívola, Dorothy Parker (1893-1967). 
"La cuna de la civilización" refleja la banalidad de las clases altas en los "felices veinte".Cuando se publica el cuento su mundo de frivolidad está a punto de caer por  un precipicio: el próximo  24 de octubre,-que luego se recordará como jueves negro -estallará la Crisis del 29,y solo diez años después ,en esos mismos escenarios -que había conquistado César para Roma dos mil años antes-transcurrirá la Segunda Guerra Mundial...


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LA CUNA DE LA CIVILIZACIÓN
Los dos jóvenes neoyorquinos estaban sentados en la fresca terraza que se alzaba abruptamente sobre el Mediterráneo y contemplaban los profundos vasos de gin-fizz adornados con menta, al estilo de la Costa Azul.Tanto la chica como el joven llevaban idénticos atuendos; iban vestidos igual, pero no por ello podrían haberlos confundido. Se diría que se habían vestido para rendir homenaje a la región que visitaban aquel verano, sin olvidar ningún rincón: llevaban boina, jersey marinero a rayas, pantalones de algodón de anchas perneras y alpargatas de esparto. De la misma manera que un francés que veraneara en algún lugar de Estados Unidos podría lucir sombrero de fieltro de ala ancha, delantal de colono y botas altas de caucho.
Una bahía de aguas lisas y silenciosas se extendía entre sus espaldas y la isla blanca y verde donde había estado encerrado el Hombre de la Máscara de Hierro, con el rostro envuelto en terciopelo negro y el corazón enfermo lleno de esperanza. A su derecha, tras las alargadas rocas, se encontraba la ciudad fundada por los fenicios y, más allá, el fuerte de cuatro puntas sobre el cual, cuando Vauban lo planeó, afirmaron los sabios que terminaría para siempre con todas las guerras. El puerto acogedor al que había regresado Napoleón procedente de Elba hacía mella en la costa, a su izquierda. A lo lejos, en las montañas que se alzaban sobre sus ojos bajos, colgaba la pequeña ciudad vertical en cuyos muros había ardido el último fuego que transmitía a Italia la noticia de las conquistas de César en la Galia... 
-Vamos, pesada -dijo el joven-. Liquida esto y tomaremos otro. Garçon.Encore deux jeen feezes, tout de suite.
- Sí, señor -dijo el camarero. 
-Y mettez en ellos un peu más de gin esta vez, muchacho -dijo el joven-. Estupendo. Es una estupenda raza amarilla, esta de los franceses 
-Están locos -declaró la chica-. Tendrías que haber visto al pobre chiflado contra el que hemos chocado Bill y yo a las cuatro de la mañana al volver del Casino.Dios mío, si solo le hemos tocado un poco el parachoques y parecía que lo hubiéramos matado. No paraba de gritar cosas de esas de por qué los americanos venimos por aquí. Y Bill tan borracho que ni se aguantaba, le gritaba:"Eso, y si no hubiéramos venido, esto ahora sería Alemania".Nunca en mi vida me había reídos tanto.
-¿Fue bien en el Casino anoche?
-Oh no estuvo mal. Bill perdió ochenta y cinco mil francos. 
-¿Y cuánto es eso, contándolo en dinero? -preguntó él. 
-Dios sabe -contestó ella-. Me aburre hacer cuentas. No nos quedamos mucho rato. A las cuatro y media ya estaba en la cama. 
-Yo me he acostado a las siete -declaró él- . Y me he levantado a las once, todavía borracho. 
-¿Qué hiciste por la noche? -preguntó ella. 
-No me acuerdo muy bien. Iría por ahí.En un sitio dirigí una orquesta, supongo que sería en el Splendide. Sí,ahora me acuerdo. Y a Bob Weed se le metió en la cabeza que quería tocar el violín, y el violinista franchute que tienen en la orquesta no quería dejarle el suyo, y el cacharro se rompió en la pelea y el franchute se echó a llorar. De verdad, lloraba a moco tendido. Bob le dio quinientos francos. 
-Está loco -dijo ella-. Cien habrían sido más que suficiente. 
-Bueno, Bob estaba borracho.-Me encanta el Splendide -declaró ella-. Es igual que el Desert Club de Nueva York.
-Anoche había mucha gente -dijo él-.Lady Sylvia Goring daba una fiesta. 
-¿Estaba trompa? -preguntó ella. 
-Claro que sí -dijo él-. Como una cuba. Es una pájara atractiva. Me parece que tendría que ocuparme un poco de ella. 
-No tienes la menor oportunidad -dijo ella-. Solo le gustan los chóferes y los marineros. ¿Quién más estaba? 
-Oh, tout le monde.Todo el grupo. 
-Me habría gustado ir -dijo ella-.Pero Bill no podía. No se habría aguantado de pie ni delante del presidente de Francia, sea quien sea. 
 -Es ese Poincaré o como se llame, ¿no? O cualquier otro. 
-Bueno, me da lo mismo -dijo ella-. Tengo otras cosas en que pensar. Oh, mira, ¿ves esa chica de ahí?Señaló una mesa vecina donde estaban sentados otros cuatro herederos de la Historia, dos mujeres y dos hombres jóvenes, todos ellos con Nueva York en la voz, vestidos con jerséis marineros, boina y pantalones anchos.
-¿La que no lleva sujetador?-preguntó él. 
-No -dijo ella, la que tiene los pies sobre las piernas del hombre. Bueno, pues es la que dio aquella fiesta maravillosa la semana pasada, cundo tanta gente se emborrachó y todos se fueron a bañarse desnudos a las rocas, y enfocó sobre ellos grandes reflectores. ¿No es una idea divina? 
-Eso fue antes de que yo llegara de París -comentó él-. Estaba todavía intentando salir del bar del Ritz, la semana pasada. ¿Quién es el mariquita sobre el que tiene los pies? 
-Me parece que escribe o algo parecido -contestó ella- .Hay una cantidad tremenda de gente así por aquí. Alguien dijo que como-se-llame estaba también aquí el año pasado, ya lo sabes, ese que escribe obras de esas. Oh, ya sabes quién. Shaw. 
-Debía tener un aspecto impresionante nadando con la barba. 
-Oh, están todos locos -dijo ella-. Yo no estaba aquí el año pasado.Dicen que la gente está mucho mejor este verano. ¿Sabías que Peggy Joyce ha alquilado una villa? 
-La costa Azul los vuelve locos. Es un rincón estupendo. Me parece que me quedaré otra semana, si la vida aquí no me aburre.
-Yo me estoy cansando ya -dijo ella-. Estos franceses me ponen nerviosa. 
-¿Dónde has visto algún francés? -preguntó él. 
-Oh, no puedo evitar darme cuenta de que están por todas partes. Hacen que una se ponga nerviosa. Son tan tontos que me ponen enferma. Vaya, si en correos ni siquiera hablan inglés. 
-Cómo son -dijo él-. Eh, garçon, eh, tú: encore deux jeen feezes, y deprisita, s'il vous plaît.Ladeó la silla, se desperezó cómodamente y bostezó en un sonoro arpegio mientras movía la cabeza de de un lado a otro siguiendo un ritmo lento. El Mediterráneo atrajo su mirada. 
-Eh, mira esa maldita balsa de aceite -dijo él-.Qué azul. ¿Sabes cómo se llama a ese charco? "La cuna de la civilización": así lo llamaban. ¿Qué te parece? ¿Soy culto,eh? 
-Oh,eres sensacional en todos los sentidos -dijo ella.Miró por encima del hombro en dirección al mar-. Me parece que hoy no me apetece nadar. 
-¿Cómo? ¿No quieres nadar en la cuna de la civilización? 
-Oh, cállate -protestó ella- Ahora te pasarás un año entero diciéndolo. No, hoy no me bañaré. Hoy el agua está asquerosa. 
-En eso tienes razón -dijo él-, asquerosa.

                       The New Yorker, 21 de septiembre de 1929


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