19 mayo, 2015

Juan Carlos ONETTI / una necrológica singular




En 1941 Juan Carlos Onetti que tenía 32 años  abandona  Marcha para trabajar  en la agencia Reuters. A pesar de su carácter retraído frecuenta el café Metro cercano a la agencia  y se integra en el mundo literario y periodístico de Montevideo. Poco después será trasladado a la sede de la agencia en Buenos Aires. 

El 13 de enero de ese año había muerto Joyce  en Zurich, en la neutral Suiza -una isla en medio del caos de  la Segunda Guerra Mundial. Pocos días después  Onetti le recuerda y defiende su obra  de forma temprana  -y beligerante- y  en pocas líneas  traza una semblanza poderosa -y a su manera cálida- del escritor irlandés. 

                               
                                  Sean Scully, Dublín 1945


       

James Joyce




Entre los miles y miles de hombres que mueren cada semana en Europa vamos a distinguir hoy el cadáver de uno que murió avejentado, flaco y ciego. Era en vida un irlandés llamado James Joyce y, habiendo contraído una exasperada hambre de divinidad, dio en la flor de buscar a Dios en el caos. Como sus brazos -ni siquiera los suyos- alcanzaban para abarcar un Caos con mayúscula, James Joyce realizó su búsqueda en el alma del hombre, efecto, espejo y causa del "gran torbellino del mundo."  

¿Qué hay de su hallazgo? Si el torbellino es el mismísimo Dios, aquel frenético irlandés se salió con la suya. En caso contrario, el Ulises es el más asombroso mundo que puede crear un hombre. El irlandés de nuestra historia terminó, pues, en el menos halagüeño de los casos, por encontrar, si no a Dios, a un Dios o Demiurgo que se llama James Joyce. Si su hambre quedó aplacada, no lo sabemos. Es posible que no, ya que continuaba escribiendo, amasando mundos sucesivos que aún no sabemos qué pueden contener para él o para nosotros.  

Claro está que cuando se incendia el mundo se apaga la luz de los pequeños mundos individuales que puede crear el hombre a su imagen y semejanza. La coincidencia de la muerte de Joyce con la fogata cada vez más ambiciosa que arde y consume a Europa, motivó que las notas necrológicas fueran escasas y breves. Y la gran mayoría -casi todas las que leímos no eran más que una impersonal glosa de las biografías que remiten a los diarios las agencias de telegramas- eran adversas al escritor. Nos hacían pensar en gentes que, luego de un rápido sombrerazo, tomaban asiento para hablar mal del difunto. Todas las notas pertenecían a escritores de izquierda, lo que es natural, ya que los escritores de derecha se han muerto mucho antes que Joyce.  

Los ataques no se dirigían contra el talento literario de Joyce. Basta leer Retrato del artista adolescente o las primeras páginas del Ulises -debe haber por allí una caminata de Stephen Dedalus en un paisaje de arenas y rocas- para saber de una vez por todas, que no hay escritor viviente capacitado para juzgar a Joyce como artista literario. 

Además, y este además lleva adentro todo lo que se va a ver, el aporte de Joyce a la literatura es, con el de Marcel Proust, el más grande que haya sido hecho por un solo escritor. Hablamos -ya lo sabían ustedes- del monólogo interior, elemento técnico del que es posible encontrar huelas notables en toda la literatura post-joyciana. (No importa ahora que Virginia Woolf reclame la paternidad, perdón, la maternidad, del famoso elemento. Acaso tenga razón, acaso haya realmente tenido que discutir con Joyce para obligarlo a aceptar el recurso. Pero, en arte, lo que vale no son ideas sino realizaciones. ) Literariamente, la importancia absoluta de un escritor no es mensurable sino de manera personal, por cada uno sin posibilidades de demostración, pero su importancia relativa puede medirse buscando respuesta a esta pregunta: "¿Es mucho, es poco o es nada lo que habría que suprimir de la literatura, aparte de las obras del examinado -naturalmente-, si lo suprimimos a él?". Es un procedimiento útil aunque desconsolador. También puede usarse para medir la importancia de los países. Pero es preferible no hacerlo.  

Quedamos en que las agresivas necrológicas hechas a Joyce no se referían para nada a su dominio del oficio. Se critica el que se haya dedicado a una tarea estéril, a un detallismo absurdo, a un análisis incansable y cansador de todo lo superfluo. Para decirlo en lenguaje que contribuya a dar clima joyciano a esta nota: se critica, y con harta razón, el unanimismo intelectual de Mr. Joyce. Con harta razón, porque Joyce, capacitado como el mejor para bucear en la vida, en el caos con grandes letras, se dedicó al alma de un hombre, exclusivamente al alma de un hombre. Bloom, Dedalus o Fulano de Tal. Error garrafal, error comparable, en gruesa síntesis, a la que cometería un hombre de ciencia que perdiera su tiempo en estudias el microscopio en lugar de emplearlo pata el examen de tejidos, bacterias o cristales. Porque el hombre, el alma, el cerebro y las vísceras del hombre no son sino una partícula de la vida. En arte, y en definitiva, el hombre es fundamentalmente el instrumento que tiene el hombre para saber de la vida. (Intuimos que esto resulta oscuro: pero estamos escribiendo con prisa y también intuimos que estamos en lo cierto.)  

El error de los impacientes enterradores de Joyce está en las consecuencia que quieren sacar de su caso. Recuerdan a Ortega y Gasset cuando afirma que la novela ha muerto y contestan :"Sí; pero la novela en la sociedad capitalista". Recordamos en este momento a André Gide y su divertida aventura comunista; recordamos que escribió en alguna de las páginas de su Diario que le era imposible seguir escribiendo novelas porque no encontraba tema en la sociedad francesa. Acaso lo haya encontrado recién, con la ocupación de Francia por los nazis.Y ahora , audazmente, entre esas figuras ilustres nos deslizamos nosotros para decir que lo único muerto es la novela hecha sobre el alma de un individuo. Lo que empezó con el genio de Dostoiewski -entre otras cosas- llegó al cenit con Marcel Proust y termina para siempre en este pandemónium de James Joyce sin posible más allá.  

Puede ser que la sociedad burguesa no tenga temas para los escritores burgueses. (No basta ser un inadaptado sexual para dejar de ser burgués; y sólo puede estar interesado en épater a la burguesía el que tenga fe en ella.) Pero en los Estados Unidos, meca del capitalismo, John Steinbeck encontró tema para Viñas de ira. Y en la lucha de España contra el capitalismo internacional (capitalismo fascista y capitalismo de "la no intervención"), André Malraux encontró tema para La esperanza, como lo encontrara antes en China para La condición humana. 

Hace rato que se viene hablando de la decadencia de la novela. Los temas están ya todos gastados y la novela está condenada a repetirse, dice el señor Ortega y Gasset. La novela ha muerto en la sociedad capitalista, dicen los críticos revolucionarios con exceso de celo y y escasez de alcances.Pero Periquito el Aguador, que se ve obligado a poner punto final a este comentario de comentarios, dice que lo que está muerto y ya huele mal es nada más que la novela "de" la sociedad capitalista; los temas gastados hasta la inutilidad son los temas que satisfacen a los burgueses.Lo inútil en arte es, pues, lo que proviene o se destina a las gentes inútiles. Respiremos tranquilos, ya que nada se ha perdido.

                                                                            7 de  febrero 1941 


Juan Carlos OnettiObras Completas III, Galaxia Gutenberg, 2009