23 marzo, 2012

Vivir en el Chicago de la Gran Depresión



Hugo Hiriart, Letras Libres, mayo 2012: la elocuencia-de-Saul-Bellow



Saul Bellow ( 1915-2005) nació en Canadá en una familia judía de origen ruso que se trasladó a vivir a Chicago cuando Saul tenía solo nueve años; la trepidante ciudad de los primeros rascacielos, los grandes negocios cárnicos ,los nudos ferroviarios, los gansters, el jazz...; se había fundado en 1837 al sudoeste del lago Michigan y pronto se convirtió en uno de los núcleos urbanos más activos y dinámicos de EE.UU y por ello en polo de atracción de inmigrantes de todos l0s orígenes.


Bellow , uno de los brillantes escritores norteamericanos del siglo XX , recibió el Premio Nobel de Literatura de 1976. Una de sus más reconocidas novelas es Herzog,1964, de cuyo protagonista, homónimo, dice Philip Roth:

"Este Herzog es la mayor creación de Bellow, el Leopold Bloom de la literatura norteamericana, con una diferencia: en Ulises, la mente enciclopédica del autor se transmuta en carne lingüística en la novela, y Joyce nunca cede a Bloom su gran erudición, ni su intelecto, ni su abarcadura retórica; Bellow, en cambio,dota a su protagonista de todo eso, no sólo de un estado de ánimo y una mentalidad, sino también de una auténtica mente." (El oficio:un escritor, sus colegas y sus obras)
En Todo cuenta, editado por Galaxia Gutenberg, Bellow habla de aquellos años en la ciudad y lo que cuenta es cómo se va iniciando en su oficio de escritor, muy joven, en plena depresión.




Chicago es una ciudad de pradera con zona portuaria..En los años veinte, era un privilegio vivir en una casa con vistas al lago. Los muy ricos construían sus mansiones en la orilla. En el calor de julio, los habitantes de las barriadas de tierra adentro iban en tranvía a la playa con sus mantas y cestas de merienda. Se dispersaban por las calles de la Gold Coast, porque la línea de tranvías acababa varias manzanas al oeste de las mansiones, hoteles y edificios de apartamentos. Así descubrían los hijos de trabajadores inmigrantes el color del dinero y el aspecto del lujo. Y aunque los Potter Palmer hubieran desaparecido años atrás, como los bisontes antes que ellos, cuanto más cerca se estaba del agua más progresos se hacía en Chicago.[...]






En este día de enero, el termómetro marca menos de veinte bajo cero, y el lago Michigan parece la bahía del Hudson, con escamas blancas y grises, bloques de hielo arrastrados por los fuertes vientos hacia la orilla. Buques transatlánticos, que no zarparon a tiempo de Calumet Harbor, parecen inmovilizados en el horizonte, lo mismo que los guardacostas que han salido en su auxilio. En este tiempo, Chicago, que tanto ha cambiado en los últimos cuarenta años, recupera su antiguo aspecto con su helada armadura de mugre, la sal blanqueando guardabarros y puertas de coches, el humo que sale despacio de las chimeneas, el rostro y el alma encogidos frente a la furia del frío, todo igual que en los viejos tiempos.

Luego aparecen otras similitudes: pirámides de naranjas tras los escaparates surcados de escarchas, olor a sangre frente a la carnicería, el negro y blanco de los periódicos haciendo juego con el negro y blanco de las calles. Trato de recordar quién dijo que abrir el periódico era como arrancar la venda de una herida. Este invierno me recuerda aquella época, cuando me iniciaba en la vida, cuando había una Gran Depresión, cuando cuadrillas de parados contratados provisionalmente para trabajar en obras públicas, aparecían al amanecer bajo la tenue escarcha que, como motas de polvo flotaba en el aire hacia el pálido sol.[...]


Últimamente he vuelto a coger algunos de los libros que leía en los años treinta, novelas de John Dos Passos, Scott Fitzgerald, Babbit de Lewis, El titán de Dreiser, Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson.Qué buena idea parecía durante la crisis escribir sobre la vida cotidiana en Norteamérica, y hacer con Chicago (o Manhattan o Minneapolis) lo que Arnold Bennett había hecho con las "cinco ciudades" o H.G.Wells con Londres. Escribiendo novelas y relatos, Dreiser y Anderson incorporaron nuestra vida americana, inmensa y apenas consciente de sí misma, al mundo y a su historia. Individuos que hasta entonces habían permanecido inertes y mudos, hijos de campesinos, obreros, criados y pequeños comerciantes, empezaron a expresar sus opiniones y a demostrar su capacidad de observación. La literatura europea enseñó a los hijos de obreros y campesinos que podían hacerse novelas sobre pequeñas ciudades y callejuelas americanas, sobre actrices de Wisconsin y especuladores de Filadelfia.[...]

Ezra Pound se quejaba: "Los autores posteriores a Zola o al realismo tratan temas, tipos humanos, etc.,tan simples que resultan más entretenidos los insectos de Fabre o los pájaros y animales silvestres de Hudson". Pero en el mismo ensayo hacía la siguiente y magnífica concesión:"Muy posiblemente el arte debería ser el logro supremo, la "consumación", pero hay otra realización satisfactoria, la del hombre que se arroja a un caos indomable para, a fuerza de sacudidas y empellones, transformarle lo más posible y darle una apariencia de orden (o belleza), consciente a la vez del caos y su potencial". "Hay libros, añadía Pound, "que a pesar de sus torpezas y su falta de "consumación", su ausencia de "forma" y acabado, ofrecen algo a los mejores intelectos de la época, de una época, de cualquier época."Considero esto como una justa interpretación del asunto. Ya en mi adolescencia intuía esa verdad, en Chicago. No cabía esperar que la comprendiese plenamente, pero estimulado por los libros rusos, franceses, ingleses y alemanes que leía, la sentía profundamente.


En las tardes de invierno, cuando la tierra se helaba hasta metro y medio de profundidad y el frío de Chicago, como un cazador de cabezas, tenía el poder de reducir el rostro, se sentía en las calles blanqueadas por la sal y entre los coches dispersos una característica mezcla de tedio y entusiasmo, de estrechez vital y de plenitud de posibilidades, una simultánea expansión y constricción del alma, una ridícula impresión de insuficiencia, de pobreza de medios, de limitación desesperada,y, al mismo tiempo, un ardiente deseo de otra cosa que exigía medidas poco prácticas."[...]

Chicago era un complejo de barrios industriales, un rosario de comunidades de inmigrantes: alemanes, irlandeses, italianos, lituanos, suecos, judíos alemanes en la parte sur,judíos rusos en la parte oeste, negros de Mississippi y Alabama en sombríos y extensos arrabales; [...] ¿ Qué más había?. El distrito financiero, en el centro, donde audaces arquitectos habían construido los primeros rascacielos. Y en el mundo éramos famosos por nuestras torres, nuestros mataderos, nuestros ferrocarriles, nuestra industria siderúrgica, nuestros gánsteres y nuestros timadores. Oscar Wilde pasó por aquí y trató de ser amable, Rudyard Kipling

Hace cuarenta años solía escribir en cuadernos de tamaño folio que compraba en una tienda barata, y llegué a acostumbrarme a aquel rugoso papel amarillo, donde se corría la tinta y se enganchaba el plumín.[...] Nadie tenía dinero, pero se necesitaba muy poco para vivir de manera independiente. Se podía alquilar un cuarto pequeño por tres dólares. Todas las cafeterías servían un desayuno por quince centavos. Con el menú del día de treinta y cinco centavos se comía estupendamente.[...]

De manera que uno se instalaba en una habitación de tres dólares, ansiosamente civilizada con libros (principal apoyo en la vida) y unos cuantos carteles del Instituto de Arte: un Job de Velázquez que decía Noli me condemnare, un Don Quijote de Daumier cabalgando con imprecisos rasgos por el páramo castellano; y en ese polvoriento cubículo uno comprendía que se había apartado de la norma, que era un inconformista, un tipo raro.

Con los colosales altos hornos al sur, con los corrales y los mataderos centelleantes de sangre pulverizada por donde chapoteaban trabajadores croatas o negros con sus botas de goma, justo detrás; con las fábricas de grandes máquinas agrícolas, las cadenas de montaje de automóviles y los almacenes de venta por correspondencia, la interminable red de vías férreas y las lóbregas columnas romanas de los bancos del centro, la ciudad derrochaba energía, un poder que se palpaba pero no se compartía. [...] La riqueza y la ostentación, la alta sociedad con sus relaciones orientales y europeas, sus galerías pictóricas y sus teatros de ópera, bien podía pretender que había otro Chicago

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Yo no pertenecía a una clase que me abriera las puertas de una existencia prestigiosa. Por tanto para tener una vida importante debía buscarla a mi modo. O sea, escribiendo. Nada parecía más maravilloso, pero no estaba completamente seguro de mis capacidades. ¿Qué podía escribir yo? ¿Conocía mi lengua lo bastante bien para escribir? Tenía ideas. Me rebosaba el corazón. Estudiaba a mis autores favoritos. Iba a los tranqueteantes vagones del metro leyendo a Shakespeare, a los rusos, a Conrad, a Freud, a Marx, a Nietzsche, sin orden ni concierto, ansiando que me conmovieran profundamente. Creía que podría confirmar mis propias verdades a partir de indicios aportados por mis pensadores preferidos. de modo que me desplazaba con todos los pertrechos, como una legión romana, tan dispuesto para Partia como para la agreste Bretaña, acampando con mis libros,colgando mis carteles de Velázquez y Daumier, cubriendo con una toalla las manchas de grasa de las butacas.[...]

Además, en el Chicago de la Gran Depresión era imposible encontrar la América de Whitman. Por la noche había a mi alrededor miles de durmientes en los edificios de apartamentos y los cuartos de las pensiones, pero por la mañana todos los afortunados que tenían trabajo iban a sus fábricas, oficinas o almacenes. Cuando me asomaba a la ventana la calle ya estaba vacía, los niños asistían a clase, las amas de casa fregaban. Perros y gatos ejercían su irresponsable libertad.En la esquina de la calle no había no había mecánicos de cháchara. Si quería ver a mis amigos, amantes y camerados, había que ir al centro en metro.

No tenía intención alguna de sucumbir a lamentaciones ni bibliotecas. Estaba de acuerdo en principio con Whitman sobre los peligros del egocentrismo solitario. Me veo obligado, sin embargo, a observar que el vendedor ambulante, el mozo de cuerda, el calefactor, el trabajador fabril, tenían la vida más fácil. se ahorraban el incordio de explicarse a sí mismos [...] Creo que ahora veo adónde quería llegar. La Norteamérica de los pioneros, de los inmigrantes, la Norteámerica política, la industrial de los Carnegie, Du Pont y Henry Ford no acaparaba enteramente el espíritu humano en el Nuevo Mundo. La humanidad llevaba a cabo en ese marco americano algo que iba más allá de todas esas actividades e innovaciones, que tanta impresión, temor o rechazo suscitaban en el mundo entero. Ese algo aún no había encontrado plena expresión, y ésa era la intuición que hacía tan obstinados a los jóvenes solitarios en su búsqueda del arte.

En el camino abierto, la separación era ideal porque concluía en el reencuentro, pero en nuestro siglo jamás se nos había planteado esa alternativa. Al menos creíamos que 1814 y 1917, y más tarde Hitler, el Holocausto e Hiroshima habían hecho de nosotros un caso particular y que el "camerado" al que Whitman tendía su afectuosa mano era ya una auténtica rara avis para la sencillez sin reservas de ese gesto.

Considérese, en cambio, la visión de Hemingway del desarraigado. Para él el aislamiento es una especie de desesperación permanente. "Vacío moral", lo llamó John Berryman en un breve artículo sobre "Un lugar limpio y bien iluminado" de Hemingway. Esa moderna concepción de vacío no me convenía más que el camino abierto. La admitía como verdad para Hemingway; como su verdad, era impresionante. Prestada esa misma verdad resultaba manida. [...] La dignidad de Hemingway frente a la nada no es una concepción desdeñable; su atracción es comprensible. Pero nadie necesita hundirse por el hecho de que las creencias religiosas hayan perdido su capacidad de vincularnos a la vida.
(continúa...)