19 agosto, 2010

Ernest Hemingway : "Hoy es viernes"

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La edición  de  LUMEN de los Cuentos de Hemingway, se inicia con un recuerdo de Gabriel García Márquez del escritor estadounidense. Cuenta cómo le conoció y habla de de la obra de Hemingway con admiración.
Mi Hemingway personal

"Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección al Jardín de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecían suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido cincuenta y nueve años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda él hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos. Parecía tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir.

Por una fracción de segundo -como me ha ocurrido siempre- me encontré dividido entre mis dos oficios rivales. No sabía si hacerle una entrevista de prensa o solo atravesar la avenida para expresarle mi admiración sin reserva. Para ambos propósitos, sin embargo, había el mismo inconveniente grande: yo hablaba desde entonces el mismo inglés rudimentario que seguí hablando siempre, y no estaba muy seguro de su español de torero. De modo que no hice ninguna de las dos cosas que hubieran podio estropear aquel instante, sino que me puse las manos en bocina, como Tarzán en la selva, y grité de una acera a la otra: "Maeeeestro". Ernest Hemingway comprendió que no podía haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, y se volvió con la mano en alto, y me gritó en castellano con una voz un tanto pueril: "Adioooós, amigo". Fue la única vez que le vi.Yo era entonces un periodista de veintiocho años, con una novela publicada y un premio literario en Colombia, pero estaba varado y sin rumbo en París. Mis dos maestros mayores eran los dos novelistas norteamericanos que parecían tener menos cosas en común. Había leído todo lo que ellos habían publicado hasta entonces, pero no como lecturas complementarias, sino todo lo contrario: como dos formas distintas y casi excluyentes de concebir la literatura.Uno de ellos era Willian Faulkner, a quien nunca vi con estos ojos y a quien solo puedo imaginarme como el granjero en mangas de camisa que se rascaba el brazo junto a dos perritos blancos, en el retrato célebre que le hizo Cartier Bresson. El otro era aquel hombre efímero que acababa de decirme adiós desde la otra acera, y me había dejado la impresión de que algo había ocurrido en mi vida, y que había ocurrido para siempre.



No sé quién dijo que los novelistas leemos novelas de los otros solo para averiguar cómo están escritas. Creo que es cierto. No nos conformamos con los secretos expuestos en el frente de la página, sino que la volteamos al revés, para descifrar las costuras. De algún modo imposible de explicar desarmamos el libro en sus piezas esenciales y lo volvemos a armar cuando ya conocemos los misterios de su relojería personal. Esa tentativa es descorazonadora en los libros de Faulkner, porque este no parecía tener un sistema orgánico para escribir, sino que andaba a ciegas por su universo bíblico como un tropel de cabras sueltas en una cristalería. Cuando se logra desmontar una página suya, uno tiene la impresión de que le sobran resortes y tornillos a la vista por el lado de fuera, como en los vagones de ferrocarril. Tal vez por eso Faulkner es un escritor que tuvo mucho que ver con mi alma, pero Hemingway es el que más ha tenido que ver con mi oficio. No solo por sus libros, sino por su asombroso conocimiento del aspecto artesanal de la ciencia de escribir.

En la entrevista histórica que le hizo el periodista Plimpton para Paris Review enseñó para siempre -contra el concepto romántico de la cración- que la comodidad económica y la buena salud son convenientes para escribir, que una de las dificultades mayores es la de organizar bien las palabras, que es bueno releer los propios libros cuando cuesta trabajo escribir para recordar que siempre fue difícil, que se puede escribir en cualquier parte siempre que no haya visitas ni teléfono, y que no es cierto que el periodismo acabe con el escritor, como tanto se ha dicho, sino todo lo contrario, a condición de que abandone a tiempo. "Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y el mayor placer -dijo-, solo la muerte puede ponerle fin." Con todo su lección fue el descubrimiento de que el trabajo de cada día solo debe interrumpirse cuando ya se sabe cómo se va a empezar al día siguiente [...]Hemingway y Sylvia Beach, años veinte, en las puertas de la librería Shakespeare & Cº, de París.

"No puedo pasar por el número 112 de la calle Odeón, en París, sin verlo a él conversando con Sylvia Beach en una librería que ya no es la misma, ganando tiempo hasta que fueran las seis de la tarde por si acaso llegaba James Joyce."
. [...] Gabriel García MárquezFélix de Azúa, en la contraportada del libro de LUMEN, recuerda que los Cuentos de Hemingway, en la recopilación que el autor hiciera en 1938, no sólo son lo mejor de su obra sino "uno de los libros fundamentales para entender el siglo XX." Y añade que en ellos está encerrado el mundo estético y moral del escritor, destilado, despojado de todo ornamento, "encerrado en el sustantivo y el adjetivo precisos, seco, sobrio, cegador...".

Cegador es el adjetivo certero para expresar el efecto de algunos de esos cuentos; el deslumbramiento que producen en el lector que los lee por primera vez. Como en este relato disfrazado de teatro- que, según contó Hemingway en su legendaria entrevista en The Paris Review , que es casi un curso de escritura-, escribió en una pensión en Madrid; fue una tarde de 15 de Mayo, de un año que no cita, en que cayó una nevada sobre la ciudad que obligó a suspender la corrida de toros de la Feria de San Isidro para la que tenía entradas y le impidió salir de casa.

HOY ES VIERNES


Tres soldados romanos se hallan en una taberna a las once de la noche. Hay toneles en torno a la pared. Tras la barra de madera hay un tabernero hebreo. Los tres soldados romanos están un poco trompas:


SOLDADO PRIMERO: ¿Has probado el tinto?
SOLDADO SEGUNDO: No, no lo he probado.
SOLDADO TERCERO: Pues más vale que lo pruebes.
SOLDADO SEGUNDO:Muy bien, George, tomaremos una ronda de tinto.
TABERNERO HEBREO: Aquí tienen, caballeros. Este les gustará. (Coloca una jarra de barro que ha llenado con el vino de uno de los toneles.) Es un vino bastante bueno.
SOLDADO PRIMERO: Tome usted un trago. ( Se vuelve hacia el soldado tercero, que está apoyado en un tonel.) ¿Qué pasa contigo?
SOLDADO TERCERO: Me duele la barriga.
SOLDADO SEGUNDO: Has estado bebiendo agua.
SOLDADO PRIMERO: Prueba un poco de tinto.
SOLDADO TERCERO: No puedo beber esa porquería. Me da dolor de barriga.
SOLDADO PRIMERO: Llevas aquí demasiado tiempo.
SOLDADO TERCERO: Demonios ¿te crees que no lo sé?
SOLDADO PRIMERO:Dime, George,¿puedes darle algo a este caballero para curarle la tripa?
TABERNERO JUDÍO: Lo tengo aquí mismo.
(El soldado tercero prueba la copa que el tabernero le ha preparado.)
SOLDADO TERCERO:Eh, ¿qué has puesto, mierda de camello?
TABERNERO: Bébaselo todo, tiniente. Esto le curará.
SOLDADO TERCERO: Bueno, pero no puedo estar peor.
SOLDADO PRIMERO: Venga, arriésgate. El otro día George me dejó como nuevo.
TABERNERO: Usted se encontraba mal tiniente. Sé cómo curar un dolor de tripa.
(El soldado tercero bebe de la copa.)
SOLDADO TERCERO: Dios mío. (Hace una mueca.)
SOLDADO SEGUNDO: ¡Ese tiro al aire!
SOLDADO PRIMERO: Oh, no lo sé. Yo creo que hoy se ha comportado.
SOLDADO SEGUNDO:¿Por qué no se bajó de la cruz?
SOLDADO PRIMERO: No quería bajarse de la cruz. No era su estilo.
SOLDADO SEGUNDO: Enséñame a alguien que no quiera bajarse de la cruz.
SOLDADO PRIMERO: Demonios, tú no sabes nada. Pregúntale a George. ¿Quería bajarse de la cruz, George?
TABERNERO: Debo decirles caballeros que yo no estaba allí. Es algo que no ha despertado mi interés.
SOLDADO SEGUNDO: Escucha, yo veo a muchos de esos...aquí y en otros lugares. En cuanto me enseñes a uno que no quiere bajarse de la cruz cuando llega el momento, y me refiero a cuando llega el momento, me subo con él.
SOLDADO PRIMERO: Yo creo que hoy se ha comportado.
SOLDADO TERCERO: Se ha comportado.
SOLDADO SEGUNDO: Vosotros no sabéis de lo que hablo. No estoy diciendo si se ha comportado o no. Me refiero a cuando llega el momento. Cuando te clavan el primer clavo, cualquiera de ellos lo pararía si pudiera.
SOLDADO PRIMERO:¿Tú lo seguiste, George?
TABERNERO: No, no me interesaba, tiniente.
SOLDADO PRIMERO: Me sorprendió su comportamiento.
SOLDADO TERCERO: Lo que no me gusta es que tengan que clavarlos. Eso debe de hacerte mucho daño.
SOLDADO SEGUNDO: Eso no es nada comparado con cuando los levantan. (Hace el gesto de levantar con las dos manos juntas.) Cuando empiezan a sentir el peso de su propio cuerpo. Eso es lo que los destroza.
SOLDADO TERCERO: Algunos se ponen muy mal.
SOLDADO PRIMERO: ¿Es que no los he visto? Por eso digo que hoy se ha comportado.
(El soldado segundo sonríe al tabernero hebreo.)
SOLDADO SEGUNDO: Eres un auténtico seguidor de Jesucristo.
SOLDADO PRIMERO: Muy bien, venga, métete con él. Pero deja que te diga una cosa. Hoy se ha comportado.
SOLDADO SEGUNDO: ¿Qué me dices de un poco más de vino?
(El tabernero levanta la cabeza, expectante. El soldado tercero está sentado con la cabeza gacha. No tiene muy buen aspecto.)
SOLDADO TERCERO: No quiero más.
SOLDADO SEGUNDO: Solo para dos, George.
(El tabernero saca una jarra de vino de tamaño menor que la anterior. Se inclina sobre la barra.)
SOLDADO PRIMERO: ¿Sigues viendo a su chica?
SOLDADO SEGUNDO: ¿No estaba yo a su lado?
SOLDADO PRIMERO:Es guapa.
SOLDADO SEGUNDO: La conocí antes que él. (Le guiña el ojo al tabernero.)
SOLDADO PRIMERO: La veía a menudo rondar por la ciudad.
SOLDADO SEGUNDO:Solía tener mucha clientela. Él no le trajo buena suerte.
SOLDADO PRIMERO:Oh, él no tiene suerte. Pero hoy se ha comportado.
SOLDADO SEGUNDO:¿Qué ha pasado con su grupo?
SOLDADO PRIMERO:Bah, han desaparecido . Solo las mujeres se han quedado a su lado.
SOLDADO SEGUNDO:Menudos cagados eran todos. Cuando lo han visto allá arriba no han querido saber nada de él.
SOLDADO PRIMERO:Las mujeres se han quedado a su lado.
SOLDADO SEGUNDO: Eso sí, las mujeres se han quedado a su lado.
SOLDADO PRIMERO: ¿Viste cómo le clavé la lanza?
SOLDADO SEGUNDO: Un día te meterás en un lío por hacer eso.
SOLDADO PRIMERO: Era lo menos que podía hacer por él. Te diré que en mi opinión hoy se ha comportado.
TABERNERO HEBREO: Caballeros, tengo que cerrar.
SOLDADO PRIMERO: Tomaremos la última ronda.
SOLDADO SEGUNDO: ¿Para qué? Eso no te va a servir de nada. Venga, vámonos.
SOLDADO PRIMERO:Solo una ronda más.
SOLDADO TERCERO (Levantándose del tonel):No, vámonos. Va. Esta noche me encuentro fatal.
SOLDADO PRIMERO: Solo una más.
SOLDADO SEGUNDO: No, vámonos. Nos marchamos. Buenas noches, George. Ponlo en la cuenta.
TABERNERO: Buenas noches, señores. (Pone cierta cara de preocupación.) ¿Y no podría darme nada a cuenta, tiniente?
SOLDADO SEGUNDO: ¡Qué demonios, George! El miércoles es día de paga.
TABERNERO: Muy bien, tiniente. Buenas noches, caballeros.
(Los tres soldados romanos salen a la calle.)
(En la calle.)
SOLDADO SEGUNDO: George es un judiarro como todos los demás.
SOLDADO PRIMERO: Venga, George es un buen tipo.
SOLDADO SEGUNDO: Esta noche para ti todos son buenos tipos.
SOLDADO TERCERO: Venga, volvamos a los barracones. Esta noche me encuentro fatal.
SOLDADO SEGUNDO: Llevas aquí demasiado tiempo.
SOLDADO TERCERO: No, no es eso. Me siento fatal.
SOLDADO SEGUNDO: Llevas aquí demasido tiempo. Eso es todo. TELÓN



Ernest Hemingway
Cuentos

Con una evocación de Gabriel García Márquez.

595 páginas,
Barcelona, 2007

LUMEN


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